El gran negocio

El gran negocio

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09.agosto.1992

El Espectador

Los temas y las situaciones sorprenden al país, unos tras otros, como si no existieran causas que los determinaran. Aparecen de pronto, en el aire, aislados, como castigos o premios que anacrónicos dioses griegos establecieran para los colombianos. Pablo Escobar deja la cárcel que diseñó para salir cuando considerara que se incumplían las reglas pactadas de modo que la justicia se le aplicara con la benevolencia propia de quien no fue derrotado por el poder del Estado. Sale... y, ¡oh sorpresa!, se reconfirma lo obvio: Escobar estaba en la cárcel a sus anchas.

Alguien puede decir que los medios masivos, ayudados por el gobierno, olvidaron relacionar la historia de esta entrega con el episodio del 22 de julio. La transacción Gaviria-Escobar se logró precisamente para que Escobar se mantuviera en prisión disfrutando de las prebendas que logró sobre el Estado, en vez de que mantuviera a Maruja Pachón y a Pacho Santos secuestrados con el riesgo de hacerlos correr la suerte de Marina Montoya y Diana Turbay.

Lo que se logró fue un acomodo mediante el cual el capo y otros capos abandonaban la forma de lucha que utilizaron contra el Estado, y el Estado abandonaba la persecución contra los capos que así procedieran. Fue una transacción política, lograda bajo la presión del secuestro, destinada no a resolver el problema del narcotráfico sino a resolver el problema de Pablo Escobar Gaviria como generador de violencia interna.

Por eso, una vez finiquitada la principal amenaza contra el narco colombiano, la extradición, se finiquitó la guerra contra el Estado que la había usado. Esto era lo único que resolvía el sometimiento voluntario de Escobar a los decretos que sus abogados negociaron con la administración Gaviria para juzgarlo. El problema del narcotráfico, que es de una esfera diferente de la de Escobar, siguió intacto. Tanto que, al revés, la entrega sirvió para democratizar el negocio local, en la medida en que muchos comerciantes que se mantenían en la periferia entraron a complementar la demanda americana y europea, con la ventaja de estar superada la guerra política contra el Estado.

En términos pragmáticos, la entrega de Escobar significó un gran impulso al negocio ilícito de la cocaína, en la medida en que se eliminaron al mismo tiempo dos factores negativos -el rígido control de Escobar sobre un segmento del mercado y la guerra contra el Estado- que extremaban la de por sí difícil actividad de exportar cocaína.

Así es que con la entrega de Escobar se resolvía un problema delincuencial y punto. Pero en muchos momentos, gracias al silencio del gobierno y a la infantil complicidad de los medios masivos, se confundió la solución del problema Escobar con el problema narco. Basta con revisar capítulos de la historia de las mafias. Ni Al Capone, ni Lucky Luciano, ni los recién liberados jefes sicilianos del mundo de los negocios ilícitos cesaron sus actividades tras las rejas. Es más, es una ilusión pretenderlo. Los estadounidenses, que son los padres del pragmatismo, lo saben. Por eso liberaron a Luciano a cambio de algunos servicios para las agencias secretas y compromisos de respetar varias instituciones oficiales. Capone, a su turno, logró que la policía local de

Chicago lo metiera en la cárcel para protegerlo de sus enemigos, que querían eliminarlo. ¿Dónde podía estar más seguro que en una prisión resguardada por la fuerza pública, o sea la autoridad legítima?

Algo similar debió pensar Escobar. Pero pretender que de su entrega se derivara el fin de sus actividades en el negocio del mundo, es otro tema. Cierta vez, ante la pregunta de por qué no se retiraba del negocio, un narco dio esta contundente respuesta: “Hay exfutbolistas, expresidentes, expresidiarios, exactores... pero ¿cuándo ha oído usted hablar de un exmafioso?”.

Es una profesión que genera y satisface una pasión que se constituye en el objetivo central de la vida del ser humano: poder. No sólo el poder del dinero, sino el poder derivado de mantener bajo control el poder del Estado, al que los demás ciudadanos están sometidos. El mundo de la mafia es un suprapoder, invisible, efectivo, que satisface.

 

Si se separan los temas Escobar y narcotráfico, se puede empezar a discutir una política seria, diseñada con más proyección que la inmediatista con la que se estableció la del sometimiento a las normas especiales. Tras las costosas etapas por las que ha transitado el problema narco en Colombia, se pueden sacar conclusiones que llevarían a no repetir errores ni guerras estériles, ni a colocar en peligro a los ciudadanos, sin que con ello se salga del túnel.

Una solución podría ser adoptar, al estilo americano, la que usan adentro. Es decir, luchar afuera de las fronteras contra el narcotráfico y funcionar bajo unas reglas básicas de respeto a la autoridad y a la ciudadanía, al interior del país. Es el respeto mutuo, ante la imposibilidad mutua de exterminarse. Así funciona la mafia estadounidense con el Estado estadounidense. Mientras las leyes del mercado no acaben con la fuente del problema, y mientras las leyes humanas no acaben con la prohibición que convierte al mercado de la droga en el gran negocio por el que miles de personas corren el riesgo de morir, las salidas no pueden ser otras que las de eliminar los problemas que se desprenden de la política prohibicionista.

Ramón Jimeno

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