Frank Ramírez. El camino que es el camino, no es el camino

Frank Ramírez. El camino que es el camino, no es el camino

Entrevistas

01.mayo.1991

90 – Otra corriente # 2

Mis recuerdos son de una ciudad invadida. De la época en la que todo el mundo miraba con terror el edificio del SIC en la Tercera con Doce. Allá llevaban gente apaleada y su paso se oía comentar: "ése ya no vuelve". Todo el mundo se desaparecía. Una tarde de sol en la calle Décima con Tercera, un policía arrinconó a un tipo contra la pared y le pegó tres tiros en la cara. Ése fue mi vecindario: La Candelaria, Las Cruces, Alto y Bajo Egipto.

Mis recuerdos son de una ciudad invadida. De la época en la que todo el mundo miraba con terror el edificio del SIC en la Tercera con Doce. Allá llevaban gente apaleada y su paso se oía comentar: “ése ya no vuelve”. Todo el mundo se desaparecía. Una tarde de sol en la calle Décima con Tercera, un policía arrinconó a un tipo contra la pared y le pegó tres tiros en la cara. Ése fue mi vecindario: La Candelaria, Las Cruces, Alto y Bajo Egipto.

Comparaba los documentos fotográficos que llegaban de la Segunda Guerra con el reporte de asesinos que traía el correo de las brujas. Los uniformes de la policía parecían regalados por el ejército alemán. Me sentía en Berlín, sólo que los muertos no eran judíos sino liberales.

Nací en Aguaclara, Casanare. Mi oficio era cuidar a las ovejas para que no se comieran el café. Un día vi revolotear un montón de chulos por el camino real. Me asomé. Colgado entre unas ramas y roto a machetazos, estaba un peón de la otra finca. Yo ya había visto hartos muertos y la imagen que tengo de todos es la de los pies. Por mi estatura era lo que siempre veía: hileras de muertos a los que sólo se les ven los pies. A raíz de la violencia nos vinimos para Bogotá.

No hay víctimas, hay voluntarios

Mi papá fue farmaceuta del ejército. Antes de pensionarse, lo hicieron renunciar y le quedó un resentimiento de por vida. Funcionaba como un militar. Era gritón y pisaba fuerte. Literalmente me atortolaba. Mi mamá a veces le decía: “¿Usted por qué habla tan duro?” Contestaba: “Porque no soy un hijueputa cura”. Todo se conducía en mi casa estilo tombo. De ahí se desprende mi alergia por los uniformes oliva y los botoncitos dorados.

Tuve una infancia harta. Lo único chévere fue un tío del que aprendí que había algo más que sentarse en un bulto de papas a tomar cerveza. Fue el único adulto que se tomó el trabajo de hablarme y el único que me aguantó, porque yo era inmamable. Vivía desesperado, insatisfecho, con afán de entender, terriblemente agresivo. En esa época la nariz me empezó a bailar por toda la cabeza. Quería arrancarme lo mas rápido posible de ese barrio -y de esa vida- hasta que lo hice. Pero me pasó como en el chiste del que se escapa de la casa y cuando vuelve ya no hay nadie: se habían trasteado.

Estudié en un colegio mamertísimo. Unos cursos arriba estaba Gabriel Melo Guevara, que era el chupa. Cuando dije que quería pintar me matricularon en la escuela industrial. Allá descubrí que odiaba el colegio y que no tenía ningún concepto matemático. Académicamente era un fracaso, pero hacía mucha plata dibujando las planchas de mis compañeros. Con una plumilla y un pincel me fajaba las elipses a mano. Sólo iba a los talleres. Dejé el bachillerato regular.

Cuando mi papá fue al colegio a preguntar por el joven Ramírez, dijeron “Acá hubo, pero hace como 8 meses”. Para seguir en la casa me convertí en celador. Tenía que dormir en la droguería de mi padre, por fortuna, porque mis amigos que no tenían dónde, se quedaban ahí.

Para mi papá, la pintura como todas las artes, eran una mariconería. “Todos los pintores se mueren de hambre”, decía. Por eso peleé con él y me fui a vivir con mi tío. Él era tallador de piedras preciosas. Gastaba todo lo que ganaba en libros. Se encerraba a leer de viernes a lunes. Yo me le metía a ver qué era lo que hacía y él me
ponía a leer vainas griegas, que eran cuentos de hadas del carajo, luego mitología y después tragedias.

Domina la técnica y tal vez por secreto o necesidad serás artista

Descubrí un mundo de música clásica, de excelente literatura y de pintura que antespara mí sólo existía en las iglesias. Él me daba libros de un escritor Anton Devora queme parecían extraordinarios. Una vez me dijeron que tío Vicente estaba quemandopapel. Después coincidencialmente le pregunté por su amigo Devora: “Se murió”respondió secamente. Descubrí que era él. Se murió porque se dio cuenta de lacantidad de tiempo que se necesita para escribir bien. Muchas veces me dijo: “No mire a los que pintaron antes. Usted es el único que existe”, tal vez para que no meatortolara con Rubens o con Velásquez, así como a él lo estaban matando Flaubert o Sartre. No quedó nada de todo lo que escribió.

La única diferencia entre la virtud y el vicio es la motivación Mi tragedia más tenaz era conseguir plata para ir a cine. Veía lo que presentaran. Todos los teatros tenían matiné popular para estudiantes. Y todos los estudiantes salíamos de matiné con los libros bajo el brazo, deslumbrados por la luz de las cuatro de la tarde, con complejo de culpa, y con el pánico de ser vistos por un familiar. Ésa era mi válvula de escape; no me sentía equipado para enfrentar la realidad. Viendo El Cyrano de Bergerac con José Ferrer, me pareció que ese trabajo de vestirse con una nariz grande y decir cosas tan bonitas, era mucho mejor que el de cargar bultos o dibujar tuercas y tornillos. Pero mi idea siempre fue ser pintor. La actuación es exactamente igual a la pintura. El cuadro que se pinta es el de un ser humano por dentro.

Nunca le digas a una mujer que no la mereces, deja que ello llegue más tarde, como una sorpresa

En cambio, tampoco había plata para novias. Las relaciones se reducían a despedidas eternas de dos horas en la puerta, con el papá gritando desde adentro: “¿Ya se fue el muchacho ése?” y la respuesta de siempre: “ Ya casi, papi”. En noviembre les terminaba porque no había plata para regalos de aguinaldo. En febrero, cuando podía
volver, tenían otro.

Tuve una cheverísima. Fue la que me mermó el impulso de cuando le dan a uno un besito y a caminar en el cielo raso. Ella me enseñaba: “Cálmese, abra la boquita, no tanto que no quiero entrar”. Yo, 12; ella,18. Ella manejaba la vaina; yo, entusiasta aprendiz. Durante muchos años no volví a mirar a las niñas de mi edad. No se parecían
en nada a mi amiga grande que venía con todo el equipo incluído.

Fue la época en la que me metí al Partido Comunista. Hacía viajes subversivos llevando armas en funicular y en autoferri al Valle del Cauca. En el mismo carrito mandaban soldados para proteger a los viajeros de la chusma. La chusma éramos nosotros.

Estar casado es como tocar piano: un solo. Mejor tocar todos los instrumentos porque entonces es un concierto

Luego de entregar las tres balas que llevábamos, la rumba era en Zarzal donde las putas. En casas maravillosas de un patio con cuatro palmeras, bombillitos de colores, una rocola en la pared y un negrito tocando batería. La última noche que fui, la casa estaba silenciosa porque estaban velando a una de la putas. La acostaron encima de
las tres mesas, cubierta con sábanas almidonadas. Las demás con traje de combate y con un chal negro amontonadas alrededor llorando. Después de la velación entre putas y clientes la cargaron a su habitación y arrancó la fiesta. Ese cuadro quiero pintarlo.

Anyone who says that money cannot buy happiness has very little experience with either one


“Todo ser humano -me dijo mi tío- debe ser comunista de los 16 años en adelante. Pero si a los 25 sigue siéndolo, es un pendejo”. Me aburrió el comunismo o conocí la plata, que es lo mismo, y me volví un señor decente al que le pagaban los viernes. Resulté director de arte en Publicidad Toro. Para conseguir trabajo sólo se necesitaba tener
buena letra y ortografía. Si alguien escribía a máquina, era para ministro.

Locos son los únicos que pueden resistir el terrible aburrimiento de ser actores. Las neuras, la inseguridad, son francamente relajantes Eludiendo la realidad, como siempre, entré a un delicioso mundo para locos: la Escuela
Nacional de Arte Dramático. Empecé a hacer televisión en vivo o radio con caras que es lo mismo. Adaptaciones atrevidísimas de la literatura universal que fue canibalizada. Cuando algo fallaba, Víctor Mallarino y Fausto Cabrera recitaban durante tres horas hasta que se acababa la programación.

En Toro hacía cine de dibujos animados, pero yo no quería hacer muñequitos, quería ser el muñequito. Por eso decidí irme. Eché cara y sello entre Japón y Estados Unidos y me fui para allá. Vuelo a New York en el Super Constelation de Avianca.

Llegué con un inglés rudimentario que se limitaba a marcas de cigarrillos. Mi fortuna eran 800 dólares. El clásico tipo simpático del avión me recetó Province Town, un pueblo de verano baratísimo, porque llegué en invierno. Tres meses ahí, y luego New York.

Cuando llegué era la ciudad sobria de antes de los Beatles. De gente inocente, como tonta y espantosamente mal vestida. El pueblo retardado de Eisanhower, la patria boba de los 50. Unos días después, estalló todo. Llegaron los Beatles, las mujeres se enloquecieron, la liberación sexual, el pacifismo, Vietnam. Presencié el cambio de
pensamiento de un país que empieza a rebelarse por pura rebeldía. “LBJ How many kids you kill today?” era el slogan protesta que se gritaba en todas partes. Y el Pop Art, la culitocracia neoyorquina.

Con una especie de beca, entré al Actor’s studio. Con el tiempo empecé a trabajar. Lo primero que hice fue “La Cantante Calva”; “27 vagones llenos de algodón” de Tenessee Williams, el Shakespeare Festival Theatre, y luego “La Monja Voladora” con Sally Field.

A pesar del tiempo que gasté quitándome el acento, en las audiciones me decían: “usted no parece latino, hable como latino”. Y otra vez a poner acento. Siempre hice del amigo del niño o del que le quitó la novia al niño, pero el niño seguía siendo el gringo. Todavía funcionan con el estereotipo del latino con diente de oro y bigotes largos. Fue como pelear contra un muro, se acabó el hombro y no se ablandó el muro. Sin embargo, lo único que me sostuvo allá fue la responsabilidad de tener un hijo. Vivía en Los Ángeles, que es como un limbo en el que el tiempo no pasa. Si uno se descuida a los 30 años se da cuenta de que está haciendo lo mismo, comiendo lo mismo y viviendo en el mismo lugar.

Con el deseo de cambiar, dejé de trabajar por dos años y me fui a Europa. Tenía la guía de cómo vivir con 10 dólares al día y lo hacía con cinco. Vine a Colombia y quedé totalmente desubicado, no porque las cosas fueran distintas, sino porque yo empezaba a cambiar y todo seguía igual. Sólo aguanté dos semanas. Me fui con la convicción casi absoluta de que no podía vivir ni volver aquí.

Pero volví a cumplir una promesa que tenía con Romero Pereiro de hacer televisión sin robarnos los bombillos de la casa y sin esperar que la mamá saliera para usar el sofá en la escenografía. Hicimos “La Mala Hora”, estrenando las cámaras a color de RTI, cuando en todo el país no existía ni un solo televisor a color. Hacer “La Mala Hora” fue darle cuerpo a toda la Colombia nazi que había vivido antes, reconstruyendo la violencia que seguía vigente aunque hubieran cambiado los nombres y lugares. Algunas palabras, como violencia, debían se erradicadas de la lengua de cualquier idioma. Si con una sola palabra no se designara la muerte de 3 millones de seres humanos, la gente tendría que explicarse qué fue lo que pasó, y tal vez su mentalidad cambiaría.

If you look back too often, the only thing you get is a stifneck
Cuando volví por segunda vez fue otra experiencia. Vine a hacer “El Gallo de Oro”, pero la pasión con la que hicimos “La Mala Hora” no existía. Era algo netamente comercial, con un director mediocre. Fast food television. 25 días, con jornadas de 7 am a 4 pm del día siguiente, todo porque Amparo Grisales estaba volada de una telenovela que hacía en México. Para poder venir se enfermó y sacó una licencia durante un mes para que su mamá la cuidara.

Find them young treat them rough and tell them nothing
Ensayando para un Western, fui con mi hijo a alquilar un caballo. Para mi horror me di cuenta de que era la primera vez que este niño veía uno en persona. Me cambié a Arizona para que conociera el desierto, los caballos y los indios de verdad. Claro que él odió totalmente la experiencia; ya era niño de ciudad. Odió los cactus, la arena, todo.

En el desierto inicié mi romance con la soledad. Frank estaba en una escuela rodante y yo empecé a hacer tests de sobrevivencia. Me iba con un caballo, un cuchillo y fósforos a ver cuánto tiempo resistía. Duré casi seis meses. Allá se pierde el concepto del tiempo, todo se reduce a lo elemental: comer, tomar agua y dormir. No hay términos
medios, es buscar agua o morirse de sed.

Tenía unas conversaciones interesantísimas con Joe, mi caballo, que era un filósofo, intelectual puro, conocedor de la vida. Cuando yo le decía las cosas más profundas que no salen sino en el desierto, contestaba: “Pura mierda, consígame de comer”. Llegué con suerte a la convicción de que no hay que vencer a los demonios que uno tiene
adentro, sino aprender a vivir con ellos. Volví con una medida justa sobre lo que es la vida y convencido de vivir solo en el desierto. Pero el romance se acabó cuando se cayó la casa.

Desde principio de semana, Frank me estaba convenciendo para que pasáramos el semestre en la ciudad. Él, a los 12 años fue el primer punk del barrio. Me robaba las cuchillas de afeitar para ponérselas en el cuello con una cabuya. El miércoles viajamos a Los Ángeles. El viernes prendí las noticias y me enteré de que mi casa se había
acabado. Una avalancha de lodo se llevó a Joe, a los caballos, y a toda esa parte de Arizona.

El hombre necesita una esposa porque hay demasiadas cosas en la vida de las que no se puede culpar al gobierno El hijo lo tuve solo. La ley me dio la custodia legal. Es gringo. De un matrimonio muy fugaz como todo lo gringo. Fue un accidente. Me exigió mucha disciplina. En la universidad enseñan desde cómo hacer transplantes de hígado y corazón hasta cómo ir a la luna, aterrizar y volver. Pero para algo tan importante como tener novia o ser padre no hay escuela.

Criarlo fue un proceso de aprendizaje, no tanto de lo que yo le enseñaba a él, sino de lo que él me enseñaba a mí. Le repetí muchas cosas para que pudiera enfrentarse a la vida de una manera diferente a como lo hice yo. Para no perpetuar los errores y para que no sintiera la angustia que yo había sentido.

Nunca hagas el amor con extraños, a no ser que tú hagas el amor más extraño que ellos Aunque parezca Celestino, decidí dejar la puerta abierta y hablarle francamente de todos los temas. Tanto que ya lo estaba cansando: “Otra vez no, por favor, ¡ya me dijo eso!” alegaba en tono sufrido de teenager. Mil veces le había repetido “Bueno, si de todos modos lo va a hacer, hágalo en la casa” para poder ver quién era la niña y para asegurarme que no corría ningún peligro. Sin embargo, no estaba listo para lo que ocurrió.

Yo estaba pintando. Con muchos rodeos me preguntó si una amiga se podía quedar. Conociendo las leyes gringas le dije: “Qué tal si hablo con sus papás”. “No ella ya vive por su cuenta”, contestó. “Bueno, ¿cuántos años tiene la niña?”. “No, ella ya es mayor”. “Entonces que venga, no hay problema”.

Como a las 10:30 pm oí el rugido de una maquinaria gigantesca parando frente a la casa y me asomé a la ventana. De una Harley Davidson clásica, se baja una niña vestida de cuero de pies a cabeza. “No, si ésa es la niña, me mataron al pelado” pensé. Desistí del asunto de pintar y me escondí en mi pieza. A la mañana siguiente, pasa la muchacha envuelta en una toalla. Lleva dos tazas de tinto para un tipo que estoy seguro, nunca lo había tomado en su vida, porque hasta el día anterior desayunaba con cereal. Pero como “ya era macho”, tomó tinto y se fumó,
estoy seguro, un Camel sin filtro.

Amor es la vaina ideal, matrimonio es la vaina real A los 18 anos salió un día de la casa, dejó la puerta abierta y nunca volvió. Encontré una nota: “Yo tambián soy capaz de medírmele a la jungla de asfalto”. Desesperadamente lo busqué por todas partes. Nunca lo encontré. A los ocho meses me llamó a ver si podía volver. No se aguantaba más a la mujer con la que iba a vivir el resto de sus días. Volvió pero ya no quería estudiar. Quería ser músico. Ya no era un niño sino un señor que iba a cambiarse de ropa. Yo quería que se organizara para irme. Necesitaba que él no me necesitara y que tuviera con qué tocar la guitarra. Un hombre nunca sabe lo que la verdadera felicidad es hasta que se casa y entonces… ya es tarde El arte del compromiso con una mujer no me interesa. Además a nadie le atrae la idea de vivir en un desierto. Después de la tercera conversa con Joe dicen “no aguanto más”. Las únicas relaciones son con orientales, sólo a ellas no hay necesidad de pararse en la cabeza y entretener. Porque en vez de ser una relación de despeluque y pasión son: tranquilidad, calma y quietud. Yo necesito desacelerarme. Hasta ahora me estoy acercando a eso. Ya no intento suicidarme pintando el mejor cuadro del mundo.


Me inicié en otro tipo de camino más sosegado, el camino sin camino: Kenjutsu, La Espada.

A raíz de tanta muerte llevaba el miedo pegado y me estaba enloqueciendo. Perdiéndole el miedo a la muerte se le pierde el miedo a todo. Pero para ser inmune al veneno hay que tomar pequeñas dosis, hasta la inmunidad. Con La Espada japonesa se toman pequeñas dosis de muerte. Es una prolongación del cuerpo. Como el pensamiento que va lejos, pero La Espada que va mucho más.

El Chinxto es la filosofia del aquí y el ahora. Enseña un manejo de situaciones donde es necesario estar muy bien parado para controlarlas. Es, sin perder el don de sorprenderse, saber recibir la sorpresa por lo que es, sin agrandarla. La Katana está diseñada para cortar no para hacer sparring. Es un solo tajo tan certero que todos los
adornos resultan floripondios. Un solo golpe y se muere el otro o se murió uno. Se practica con un ritual de saludo a la muerte cada mañana. Agradecido por despertar nuevamente -eso no está garantizado- uno procura vivir el día en forma armoniosa. Pero también es una celebración a la vida, que se ofrece en un altar con los elementos básicos: tierra, agua, fuego, viento e infinito. Se representan con una vela para la luz y la sombra, incienso para el aroma, un poco de comida, y una flor ojalá la del cerezo que es la más efimera de todas: hoy es, mañana desaparece; eso es la vida. Lo demás son adornos.

Se inicia con Kendo, aguantando golpes de Shinai y superprotegido. Luego se practica con Bokken, la espada de madera. La Katana sólo se desenvaina para sentir el acero. Un combate está ganado antes de empezar. Depende de la tranquilidad del rival. Cuando es un duelo por categoría se mide tambien la precisión del movimiento, que es
como de centella: Con todo el impulso hasta el cuello y parando justo antes de matar. Con una medida perfecta, probando que se le madrugó al rival. Ahí está el control.

Cuando uno es joven, ve sólo los detalles, cuando madura ve los detalles y el todo, cuando es viejo, con suerte olvida los detalles y ve el todo.  Unos cuantos años más y unas cortadas con La Espada me habían hecho un hombre más tranquilo. Ya no me tomaba tan en serio y empecé a volver con más frecuencia a Colombia. Hice la fatídica “María Cano”, luego “Técnicas de Duelo” y la resolución de venirme era cada vez más firme.

Después de “Milagro en Roma” me llamaron para una película de un ciudadano que descubre unos gusanos que se comen a la gente. Acababa de hacer algo tan bonito, que no me sentí capaz de trabajar con los gusanos. Hice maletas y me vine para Colombia.

In Colombia everything is struggle and so disorganized that you can never get away from the now, and the future seems not only remote but down right unlikely

Tengo la terrible certeza de que muy poco ha cambiado. Las necesidades son las mismas, la corrupción sigue igual. Hasta el mismo guerrillero Tirofijo sigue jodiendo en el monte. Y la misma gente de conocida trayectoria, ahora hace partidos de Salvación Nacional. La clase dirigente sigue manejando esto como un virreinato. La única concesión que han hecho, es que ya no exigen el derecho de empernadura, por presión de las señoras tal vez.

Claro que la gente ya no es tan imbécil como para matarse por un partido. Y a los ladrones de cuello blanco ahora sí los meten a la cárcel aunque tengan apellido de pedigree. Antes, tirarle piedra a un policía era un acto liberador. Ya no es necesario porque ahora uno puede decir lo que quiere. La clase dirigente está aprendiendo a regañadientes que democracia no es su concepto sino una forma regida por la tolerancia.

Eso es lo que hay que buscar. Abrir caminos. Hacer cosas. Pintura, teatro, no importa si es comercial o artístico con tal de que se haga. La persona que ve una comedia musical, puede después interesarse por algo de un tal señor Brecht.

Alguien decía que el cine de Focine no era cultura, que debían acabarlo. La cultura no puede tener parámetros. Con el mismo argumento alguien puede proponer la desocupación de la Biblioteca Nacional para albergar a los gamines de Bogotá, que son más importantes que una cantidad de libros viejos. Lo que hay que buscar es un
balance. Con el comunismo había uno entre dos fuerzas opuestas. Ahora, que se declaró en bancarrota comercial y filosóficamente, la fuerza de Extrema Derecha no tiene freno. El neofascismo dormido se despierta con un furor impresionante. Por falta de balance.

Me gusta mi trabajo, sin ninguna arandela. No me importa figurar en la revista Aló, pagaría por no aparecer en nada. “Música Maestro” es una tira cómica, algo sencillo sin pretensiones de nada. Pero como no es “Dick Tracy” y no vale 60 millones de dólares a los críticos no les gusta. Igual, la crítica de hoy envuelve el pescado de mañana. Los nombres de los críticos sólo se saben a través de la historia por las embarradas que han cometido. Como los que escribieron en los libros de los impresionstas: “Quién es el tal Gaugin que pinta esas cosas tan horrorosamente planas”.

Never hold a grudge, just get even for through revenge we learn to forgive

Lo único que para mí está prohibido es la música ranchera. El concepto más apropiado que tengo del infierno, es una sala cerrada con la retrospectiva de todas las películas de Vicente Fernández.

Ramón Jimeno

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