Galán: La tumba no lo sepulta todo

Galán: La tumba no lo sepulta todo

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18.septiembre.1991

A dos años del asesinato de Luis Carlos Galán, del Nuevo Liberalismo tan sólo sobrevive la nostalgia de sus seguidores. Quince años de actividad política no produjeron los cambios que provocó la ráfaga de Soacha. De la moral de Galán queda el pragmatismo de Gaviria.

Si algo se puede afirmar sobre Luis Carlos Galán Sarmiento es que con su muerte produjo más cambios de los que logró en vida. Irónicamente algunos de los cambios fueron en sentido contrario a su pensamiento, dominado por la idea de implantar principios morales como eje de las decisiones sociales. Por el contrario, cambios que promovía para modernizar la administración del Estado fueron recogidos en la nueva Constitución y en algunas políticas del presidente Gaviria. En todo caso, Galán y el Nuevo Liberalismo desaparecieron al tiempo. Él, víctima de la política de aniquilar a enemigos y adversarios que representen alguna renovación, y su movimiento, víctima de la estructura caudillista.

Muchos le habían decretado la muerte al Nuevo Liberalismo cuando Galán, rompiendo su propia resistencia hacía los dirigentes clientelistas, firmó con su máximo exponente, Julio César, el acuerdo para incorporar la disidencia al seno del oficialismo. Se pensaba que allí Galán se vería obligado a tranzar con las viejas figuras las reformas que impulsaba e incluso que tendría que posponerlas y ablandarlas. Galán, sin embargo, sólo había cambiado de táctica, al reconocer que tomándose la candidatura del Partido seguiría a la Presidencia. La disolución de su movimiento era secundaria porque el Nuevo Liberalismo “era una empresa con el solo objetivo de llevar a Luis Carlos a la Presidencia”, según reconoce uno de sus más cercanos asesores, Iván Marulanda.

De hecho, la corriente del Nuevo Liberalismo siguió funcionando de la misma manera que lo hacía antes de los pactos que establecieron la consulta para elegir candidato presidencial. La tolerancia clásica del liberalismo permitía aceptar el reto propuesto de medirse electoralmente a los gamonales; lo que pasó marcó un cambio muy importante de la estructura del liberalismo: democratización del proceso de selección del candidato, mediante consulta directa a las bases.

Quebrando el espinazo

La habilidad de Galán consistió en desarticular los votos cautivos de los dirigentes regionales. La consulta popular de marzo de 1991 permitiría por primera vez que el elector votara por sus representantes locales y, al mismo tiempo, que manifestara libremente sus preferencias sobre el tipo de presidente que deseaba. Antes, el elector le delegaba a concejales, diputados y congresistas la selección del candidato, y se libraba una lucha de componendas y acuerdos bajo la mesa, en un juego de intereses elementales.

Así la democratización de la selección del candidato es uno de los legados de Galán en el seno del liberalismo. Y el primer beneficiario de este proceso fue César Gaviria, quien incluso en regiones con grandes barones electorales como Antioquia, obtuvo amplia mayoría porque los clientes votaron para el Parlamento por los Guerra-Serna, pero cambiaron a Durán Dussán por Gaviria en una clara demostración de independencia y madurez política.

Recuerdos del caudillismo

La disolución del Nuevo Liberalismo con la muerte de Galán la explican sus colegas por el carácter caudillista del movimiento, estructura que fue adoptada de manera conciente. El equipo de Galán estuvo de acuerdo desde el principio en que la vía más eficiente para llegar al poder era creando una sola figura, y por eso concentraron sus esfuerzos en él.

Sabían que jugarse todo con una persona era un riesgo y que, además, asumir este camino era excluir la posibilidad de crear un moderno movimiento de cuadros. Apostaron todo al éxito o al fracaso de un líder, y en ello se centró todo el esfuerzo.

Lo curioso es que mientras el Nuevo Liberalismo impulsaba la modernización del Estado o la democratización del Partido Liberal, en su funcionamiento interno utilizara el antidemocrático sistema del caudillismo. El movimiento era Galán o como dicen otros, “Galán y las Pachón”.

Los galanistas explican aquella contradicción recordando cuánto se demoraron Lleras Restrepo, López Michelsen, Turbay Ayala o Belisario Betancur para llegar al trono: veinte, treinta años y más. En cambio, la estrategia caudillista los llevó en diez a las puertas del poder.

Lazos familiares

Pero no fue sólo el carácter caudillista lo que acabó con el galanismo. El nepotismo sobredimensionó las divergencias y las intrigas internas, facilitando la dispersión total al desaparecer Galán, el único factor que los aglutinaba. Su esposa, Gloria Pachón, fue pieza clave en las decisiones del dirigente. Su cuñada, Maruja Pachón, también. Su primo Alfonso Valdivieso...

Ante las críticas y en la medida que el mismo Galán se perfiló como un segundo candidato, él mismo trató de romper ese esquema, aunque hasta el último discurso pasó antes de su lectura por la pluma correctora de Gloria; y Maruja volvió de Tailandia para manejar la imagen del futuro presidente.

A esa característica se sumó la antropofagia interna que se amplió por la inexistencia de un segundo. Los asesores más cercanos estaban segregados en distintos campos y nunca se articularon orgánicamente: Blackburn, en logística; Valdivieso, como jefe regional en Santander; Villamizar, en asuntos electoreros; Patricio Samper, en Bogotá; Marulanda y César Pardo, como sus íntimos analistas políticos; Gabriel Rosas, en economía; Gustavo Gaviria, como jefe espiritual y mecenas del líder. Cada uno hacía lo suyo.

De todas formas y aunque ya había un grupo de congresistas con experiencia política, éstos se atomizaron. Inclusive, el comportamiento de los familiares de Galán ayudó a la dispersión por “la utilización de la imagen de Luis Carlos Galán: cuando se buscan votos a nombre de Galán porque se es su hermano, se adquiere una responsabilidad muy grande, pues había que responderle a los votantes en la misma forma en que lo hubiera hecho Luis Carlos”, anota Maruja Pachón.

Los astros señalan el fin

A pesar de las características del Nuevo Liberalismo, lo evidente en agosto de 1989 era que Galán sería el candidato oficial y el presidente. Pero lo previsible de su triunfo, acabaría convirtiéndose en su enemigo mortal.

La creencia general derivada de los planteamientos de Galán, era que su propósito sería imponer unos principios morales para el funcionamiento de la sociedad. O sea, que la razón de Estado radicaba en la moral, por encima de la legalidad, o mejor aún, que la legalidad debía coincidir con su moral.

Su objetivo sería hacer retroceder a las fuerzas emergentes y a las que irrumpieron para corromper a la nación y que desplazaron del poder a quienes les correspondía. El clientelismo y el narcotráfico eran los grandes males.

Desde su lanzamiento abierto a la política, Galán puso al país a debatir con base en argumentos morales, maniqueos para algunos desde una posición de derecha. Pero es evidente que quienes perdieron privilegios por el ascenso económico de los narcos (y el de sus beneficiarios indirectos), así como en la política y en lo social por el del clientelismo, encontraron en Galán al redentor de la sociedad colombiana.

Aquella posición persiguió a Galán como una obsesión y significaba un choque con las doctrinas liberales, inspiradas en el principio de la tolerancia y no en el de la exclusión. Galán podría considerarse como un fundamentalista, en el sentido en que funcionaba bajo un conjunto de reglas y principios estrictos, mientras que el liberalismo acepta y trabaja sobre la base del respeto al pensamiento de los otros.

La ironía del fenómeno de Galán es que su heredero en la candidatura, César Gaviria, no lo fue en sus principios. Gaviria actúa, al contrario de Galán, bajo el marco del absoluto pragmatismo. Es un hombre de resultados que rompe con la rigidez del viejo orden que Galán no sólo defendía sino que deseaba restablecer. Mientras Galán fue el catalizador de las fuerzas que perdieron poder y privilegios frente a los narcos y emergentes, Gaviria lo es de quienes aceptan convivir con las fuerzas de hoy sin importar su origen, y bajo nuevas reglas de juego que les consolidan.

La ascensión del opuesto

El cambio de Gaviria, si lo hubo, pasó por el difícil proceso electoral. Su primer paso fue incorporar a los clientelistas, tendiendo el puente entre las dos corrientes. La estrategia fracasó por su pobre votación.

La culpa del fiasco electoral es difícil de establecer. Unos politólogos se la atribuyen más al efecto del tema del narcotráfico y a la extradición en momentos en que el país

daba muestras de fatiga de la guerra y las encuestas ilustraban un rechazo a aquélla, y Gaviria, en ese entonces, representaba la continuidad de la guerra y de la política de extraditar.

Al asumir como presidente, Gaviria tomó la responsabilidad del Estado y con ella se desprendió de hecho de sus vínculos con la corriente del Nuevo Liberalismo, porque es a él a quien el país le exige resultados. La moral galanista queda atrás y políticas inimaginables bajo el líder santandereano, como la del sometimiento de los narcos, se pusieron en práctica.

Un crimen del establecimiento

Como las investigaciones no prosperan y tampoco se recogen pruebas definitivas sobre los verdaderos autores de los asesinatos y menos sobre sus motivaciones reales, es más difícil establecer lo que se quiso alterar con la muerte de Galán.

Además, los bandos violentos en Colombia son muchos y diversos. Se realizan alianzas entre unos y otros, para ciertas acciones, o se hacen como favor mutuo para desviar investigaciones o para confundir a la opinión y crear falsas versiones que terminan aceptándose como ciertas.

Es factible que los asesinos de Galán sólo quisieran Indicarle al gobierno de Virgilio Barco que si proseguía la guerra contra el narcotráfico, la misma clase dirigente tendría que pagar su cuota de sangre. O, es factible que los cerebros interpretaran algunas fuerzas establecidas que consideraban a Galán como un adversario tan peligroso que preferían, en vez de tener que acompañarlo en su recorrido hacia la Presidencia de la República, hacerlo en el que lo llevaría a su tumba. O por el contrario, los conspiradores pudieron interpretar los intereses de quienes necesitaban un príncipe de Sarajevo para hacer estallar una guerra que fracasaría.

Con el asesinato de Luis Carlos Galán, se produjeron alteraciones por fuera de control de los autores intelectuales. Aunque se creyera que los jefes de los asesinos que actuaron en Soacha sólo quisieron aplicar su justicia privada -ejecutando a un líder que consideraban su peor enemigo- sin que pretendieran cambiar el curso político del país, el hecho es que Galán está en la tumba. Su entierro fue también el del esfuerzo más sólido del viejo orden y la moral por volver al poder.

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