General (R) Luis A. Andrade Anaya. "Al ejército no lo prepararon para la paz"

General (R) Luis A. Andrade Anaya. "Al ejército no lo prepararon para la paz"

Entrevistas

01.mayo.1986

Revista ZONA # 4

Tras su retiro en febrero, Andrade concede su primera entrevista

Iniciando por el final: el retorno a la vida civil

El sentimiento a la hora del retiro del servicio bajo banderas es múltiple: es traumático, frustrante y nostálgico. Pero es al mismo tiempo una oportunidad y una forma de reencontrarse con uno mismo, de examinarse, mirar a atrás y proyectarse hacia lo que queda del porvenir, porque el mundo no termina en este episodio sino que continúa a lo mejor con otras posibilidades antes no ensayadas.

Yo sí creo haber servido al país con mucha devoción, con mucha entrega, con cariño inmenso. No me corresponde a mí desde luego calificarlos, decir que también le serví, y con qué grado de eficacia, con qué logros concretos. Eso lo dejaría para el testimonio de quienes recibieron los efectos de mi acción y de mi influencia personal en los distintos ámbitos en los que me correspondió actuar.

El tránsito a la vida civil con la plenitud de sus derechos y sus obligaciones, es para nosotros una especie de salto al vacío. Después de 35 años sometidos a un género de vida, con unas pautas de comportamiento, con sentido perfeccionista, pasar abruptamente a la disciplina social, a la crisis de la fe en las personas y las cosas, a
la lucha salvaje por la supervivencia, al irrespeto por todas las normas de la regulación social, a la inmoralidad rampante, es ciertamente traumático. Pero hay que ser realistas, los problemas no se arreglan con simples lamentaciones. Para quienes queremos al país tan entrañablemente, ese país es así y es un reto. Hay que contribuir a cambiarlo, a devolverlo a sus días mejores con conciencia de lo suyo, con orgullo de los propio, con vocación de patria común, con entusiasmo colectivo, totalizado, mancomunado, solidario, con el alma limpia de concupiscencias.

El ejército y los altibajos políticos: La formación del carácter militar supone un temple extraordinario para enfrentarse con presencia de ánimos a las situaciones más confusas, complejas y difíciles. Aunque es frecuente encontrar que ésas no siempre tienen origen en el adversario armado, bien se trate de una amenaza externa contra la soberanía de la nación, o una amenaza interna contra las instituciones nacionales.

Ha habido situaciones muy complejas para la institución militar, y muy frecuentemente (provenientes) del sector político-partidista. Así fue el experimento del llamado gobierno del General Rojas Pinilla, que repitió la historia de otras aventuras semejantes. El general puso fin a la guerra civil no declarada, hizo una Constituyente con participación de los dos partidos. Cuando éstos vieron amenazada su permanencia en el uso del poder, olvidaron el drama de los Llanos, de Boyacá, de los Santanderes, de Antioquia, del Tolima, del Huila y produjeron el 10 de mayo. Ha sido tan recurrente la historia y tan aleccionadora que los militares de hoy padecemos el síndrome del 10 de mayo. Las posiciones acomodaticias, las pasiones institutivas, tanta pequeñez, no pudieron sino producir esa alegría, esa distancia, esa prudencia con que el instrumento militar mira a la clase política dueña del poder a su manera. Otros episodios como la salida del general Ruiz Novoa del gobierno, o del general Valencia Tobar –calumniado e incomprendido en ese momento– y de otros también calumniados e incomprendidos, son propios de la metodología que se ha empleado para mantener las tradicionales relaciones interpolíticas.

En cuanto a los golpes de la guerrilla, éstos no han sido tan fuertes como para desquiciar a nadie. Duelen los muertos, los cientos de lisiados, las viudas, los huérfanos, esa historia de violencia y crueldades que no ha redimido a nadie de la miseria y marginalidad: duele pero no desquicia.

En cuanto al proceso de paz, que lideró el señor Presidente Betancur, hay que empezar por repetirle al país, que los militares clamamos por mucho tiempo que se diera un tratamiento político e integral al fenómeno de la subversión violenta y no uno exclusivamente militar. La naturaleza del fenómeno es esencialmente política: de lo que se trata es de la toma del poder, por una filosofía y una metodología diferentes a los de la democracia que nos rige.

Entonces, si la amenaza real es contra las instituciones del Estado, los primeros responsables de la supervivencia de esas instituciones son los directores del gobierno y no exclusivamente los militares. Además del gobierno, la responsabilidad es de todos los otros sectores que crean en la democracia.

Yo no diría entonces que no hubiera una predisposición favorable en el ambiente militar para la concurrencia de otras fuerzas en el manejo de las instituciones políticas, sociopolíticas, económicas o culturales (que comprende toda su complejidad causal). Bienvenidos, sólo que los políticos, los economistas, los juristas, no tienen los conocimientos que a los militares nos dejaron 30 años o más de lidiar con un adversario que tiene ciertas características, que se mueve en la clandestinidad, que difunde unos planes hacia el exterior, pero que desarrolla otros hacia el interior.

No se trataba pues, de hacer una concesiones puramente en el orden jurídicopolítico. Se trataba del gran compromiso nacional por la paz con todo lo que tuviéramos para aliviar por lo menos la causas del fenómeno. No se trataba de marginar tampoco a los militares, y hacerlos sentir culpables de toda esta tragedia, cuando ellos han dado las demostraciones más elocuentes de su abnegación. De su ponderación, de su equilibrio y de su desprendimiento. En todo caso aún es prematuro para hacer un juicio final sobre este punto. Dejemos que los hechos se decanten un poco con el paso del tiempo y que haya más transparencia en esta agua aún en ebullición.

El ejército conoce el país:  El ejército aquí o en cualquier otra parte del planeta es producto y expresión de la
nación. Se hace con los elementos humanos y materiales que le entregan y por eso es un formidable catalizador y un aglutinante del sentimiento colectivo. Por esa razón en el deber ser, pueblo y ejército deben crear una muy estrecha mancomunidad de aspiraciones y de realizaciones. La capacidad de organización y los medios en lo militar posibilitan desarrollar acciones profundas en la fisonomía de las necesidades nacionales. Eso acerca la gente a todas las vertientes, produce una interacción recíproca y ordena los esfuerzos en una sola dirección. Contribuye a la seguridad, porque la seguridad no debe entenderse como tener unos vigilantes de turno, unos centinelas o unos escoltas. La seguridad es un estado mental que resulta de eliminar las incertidumbres sobre todo lo que nos amenaza en el contorno. Sin incertidumbres, estamos ciertos, estamos seguros. Esto para indicar que quien
no tiene techo, quien no tiene trabajo, quien no tiene salud, es un típico producto de la inseguridad. Por eso el ejército busca la seguridad de todas las personas. Tiene que pensar en estos términos. Yo lo sentí así y lo practiqué en cuanto pude y soy testigo que en muchas partes se entiende y se produce de esta manera.

El ejército es muy claro sobre la problemática compleja del país. Nadie como él ha tenido la oportunidad de palparla en la amplia geografía de violencia. Nadie que haya estado más en contacto con sus manifestaciones de todo tipo. Aunque lo quisiera, el ejército no podría ignorar las duras realidades de la sociedad, sus desajustes, sus desequilibrios sociales, económicos, morales, culturales. Además el cuartel es la mejor universidad práctica para estudiar, para comprender toda esa fenomenología del conflicto. Esto no es deliberancia y si lo es, bendito sea. Usted no puede pasarse apenas sobre la epidemia y sobre los problemas ignorando su contenido. Si no se delibera ¿cómo los analiza, cómo los comprende y cómo los pueden resolver las fuerzas militares? ¿Cómo los resuelve sin comprenderlos? Es contra la naturaleza pedir o exigir que los militares no vean, no palpen, no sientan, no piensen y no expresen su sentir sobre los hechos que lo circundan. Quien esté pensando en la inconveniencia de que esto sea así, es torpe: ¿por qué perder todo ese acervo de conocimientos o de experiencias de los militares sobre los asuntos del país? Debe ser todo lo contrario: pedir y aspirar a que los militares aporten más al estudio a la terapéutica de los males que padece esta sociedad. Por eso, debe entenderse también que el instrumento militar es un instrumento político, aquí y en cualquier parte del mundo; es nada menos que el sostén de lo regímenes políticos de todos los pueblos, en Cuba, Rusia, Nicaragua, Centro América, Latinoamérica, en el Asia, en el África… en Colombia también lo es. Se emplea en función política y si cambiara el régimen el nuevo régimen lo usaría de manera igual. Éstos son mitos y sofismas de distracción, son recursos que se han usado para silenciar el pensar y el sentir de una institución fundamental en la vida de la república.

En cuanto a las causas de los problemas nacionales, son variadas y complejas. Su magnitud, la ineficacia de la instituciones para resolverlas, la inmoralidad de la clase política que ha contaminado la moral general y ha vuelto a las gentes apáticas. Escépticas, pesimistas… y en contrapartida hay personas “vivas”, mal intencionadas, pícaras como se dice. Es un problema de recursos financieros pero no sólo de su cuantía sino de su manejo. Es un problema de técnica porque somos el tercer mundo, de orgullo nacional que no tenemos, es problema de educación, de cultura de tener el alma iluminada y no tan gris ni tan opaca.

El ejército estudia los problemas del país a nivel puramente académico pero está abierta la posibilidad de incorporarse muy decididamente a un esfuerzo nacional para salir de esta crisis peligrosa para todos, sumando fuerzas. Es el mejor plan de acción que el ejército pude presentarle al país –porque ningún sector por sí solo pude ser solución–, pero reunidos todos eso sería otro cantar.

Ejército civilista y realidad política: Los golpes militares en Colombia, durante casi dos siglos de historia han sido pocos.Pero además están también las lecciones de nuestros pueblos hermanos delcontinente. En la Argentina se usó y seabusó del golpe y estamos asistiendo a sufinal que es aleccionador. En Uruguay también. En Chile está por verse, en el Perúfue desconcertante, en Ecuador frustrante, en Brasil un poco diferente. Y aunque pudiera decirse que los gobiernos civiles tampoco han sabido ordenar bien lascosas, al fin y al cabo los militares han salido mal librados del compromiso. ¿Quépudiera hacer pensar entonces para el caso colombiano en el que no hay tradición ni experiencia suficiente, que esa aventura pudiera tener éxito? Por eso, el ejército es civilista. Respeta esa condición de nuestra autenticidad histórica y no aspira transitar por esos caminos tan escabrosos. Es de esperar que no se llegue a ese momento de desesperación en que se juegue esa como la última carta.

Creo que las fuerzas militares aceptan el hecho real de la existencia de los dos partidos. Pero patrióticas como son, quisieran unos partidos con programas, con ideas que los alimenten, con imaginación creadora. Desconsuela –aunque no se pregone– ese espectáculo deprimente de la rapiña voraz con apetitos desordenados y siempre insatisfechos, esa disputa por los privilegios y el cuarto de hora para saquear las arcas nacionales. Esto no contribuye al orgullo de su nación sino más bien a su vergüenza, sólo que aquí no pasa nada y eso mina la fe de las gentes de uniforme.

El ejército está hecho con la misma levadura humana del resto de la nación. Por eso tiene sus virtudes pero también tiene sus defectos. La sociedad colombiana está enferma y los militares no podemos escaparnos de esa marga verdad. Lo que sí sucede al interior de la institución es que se busca la responsabilidad por acciones
administrativas que pueden entrar en el terreno delicuenciario. El responsable paga por sus errores, a diferencia del resto de país donde produce efectos enaltecedores. La inmoralidad da status, da fama, da importancia…y no da vergüenza.

Cuando era comandante de la IX Brigada, se detectó la presencia de un soldado que era de las FARC. Me lo trajeron y le pregunté si luego de su convivencia con la guerrilla y después de varios meses en el ejército él creía que la guerrilla podía derrotar a la fuerzas regulares. Me respondió muy serenamente. “La guerrilla no las derrota en este momento porque el ejército no está completamente desmoralizado. Pero es un proceso… Este soldado-guerrillero no estaba inventando nada. Mao Tse Tung y otros pensadores lo han dicho. En la guerra lo que se trata de vencer es la voluntad de lucha del enemigo. Tratar de quebrantar la moral, la fe en la verdad de la causa que se defiende.

Precisamente a eso se dirigían las operaciones como el robo de las armas del Cantón Norte, el informe del Procurador sobre el MAS (sin fundamento real) y otras, para colocar al ejército en vergüenza pública, y tocarle sus fibras más sensibles, su orgullo.

Sobre el proceso de paz, quisiera agregar que al ejército no se le preparó para ese evento tan especial como era el de la paz armada, o la paz negociada, o la paz condicionada por la guerrilla. Sin esa adecuación mental indispensable en los jefes y en los soldados, el proceso no se podía comprender. Se cumplía la orden de participar en éste, pero debe reconocerse que sin mayor convicción. Y al soldado hay que convencerlo de la suprema verdad de su sacrificio para obtener de él un determinado ideal como el de la paz. Si no se hace así, puede que el soldado cumpla igualmente su misión hasta la muerte. Pero en sus compañeros no queda sino el dolor, la frustración el luto del corazón y los sentimientos reprimidos. Sobre la providencia del Consejo de Estado, se dice que es muy respetable como todo lo que hace este organismo. Pero no dispongo en este momento de elementos de juicio suficientes para medir sus consecuencias en la moral de los cuadros y las tropas. Yo no estaba en el país cuando se produjo la sentencia, igual que cuando ocurrió lo del Palacio de Justicia.

Las fuerzas militares están previstas para defender la independencia nacional y las constituciones patrias. Defender la independencia es vigorizar el poder nacional, que resulta de sumar lo que el país tiene y dispone. Sus recursos humanos y naturales, su clase dirigente, los bienes de capital, las materias primas, la legislación eficaz para hacerlo, transporte, poder militar, identidad nacional.

Contribuir al fortalecimiento de ese poder es la mejor manera de hacer la defensa de la independencia y hacernos menos dependientes. Por tanto, debiéramos empeñarnos en esa dirección. El puro aparato militar armado, dotado abundante y generosamente, no siempre es garantía de éxito en la defensa del patrimonio común de la nación. Y en cuanto a las instituciones patrias, se tiene que entender que no son sólo el Congreso, el poder ejecutivo, el órgano jurisdiccional. Son también, y por sobre todo, la familia, la educación, la educación, la salud, la religión, la cultura y todo lo que tienda a vigorizar la auto-imagen de la nación. A eso, pienso, debe dirigirse el esfuerzo principal dentro de las fuerzas militares.

El ejército ha venido siendo un canal permanente de acceso social, de mejoramiento económico, de promoción jerárquica, de progreso intelectual. El ejercito que yo conocí a finales de los años 30, era austero hasta la más absoluta precariedad de los recursos; calzado con cotizas, alojado en rústicas cabañas de madera, armado con fusiles de la primera guerra mundial… pero así había vencido las distancias, la selva, la cordillera, había combatido con éxito había restablecido el lindero de la patria, allí donde fue desconocido y el ejército era el único delineador de la frontera. El ejército de hoy no corresponde al de los viejos tiempos: es burgués, cómodo, exigente y vulnerable a los efectos de una lucha de clases.

En cuanto a su cultivo intelectual es desde luego mejor al que conocimos en décadas anteriores. Sus oficiales ahora han viajado por el mundo, sus programas académicos se ocupan de la temática contemporáneas universal, y hay verdaderos casos de superación intelectual.

Respecto de su preparación para la guerra, hay puntos de vista contrapuestos. No resulta fácil para un ejército regular con una organización dada, con unas dotaciones, una educación intelectual y una técnicas regulares, descender de esta conducta al barro. La primitivez de la lucha irregular ya no tiene patrones de conducta dirigidos. Es gelatinosa, flexible, difícil de ubicar. Es difícil de condenar porque es débil, difícil de aniquilar porque es larvada. Sé que se están haciendo esfuerzos por mentalizar las tropas sobre estas características de la nueva lucha, pero también sé que no es fácil porque mientras la subversión vive y padece su guerra las 24 horas del días los 365 días del año, para el gobierno es una guerrita de mentirillas que hoy es y mañana no. Finalmente, el principal enemigo de las fuerzas militares en esta lucha es la incomprensión ciudadana, superficial, oportunista, ingrata. Cuando la responsabilidad sobre esta tarea debe ser común y compartida. Aquí lo que se da frecuentemente es un traslado de esas responsabilidades. Unos dicen que los responsables somos los militares. Nosotros a la vez afirmamos que son los políticos. Éstos sindican a los extremistas de la izquierda y aquélla a los detentadores del poder. De allí resulta la principal debilidad, la falta de una conciencia ciudadana clara, comprometida y entusiasta para hacer un frente común, múltiple, no solamente la fuerza. Pero debo advertir que romper esta actitud no resulta nada fácil.

La guerrilla es un peligro pero no la causa de los problemas: La guerrilla tiene su significado múltiple. Es producto de un estado de cosas en lo social. Es una forma de lucha política. Es una estrategia para dominio universal. Es
una táctica para fatigar al adversario. Es una técnica de movilizar las masas a favor de la insurgencia popular. Es una metodología para desgastar la máquina del Estado y demostrar la ineficiencia de su poder.

La guerrilla en Colombia no ha sido hasta ahora una amenaza seria. Pero hay lecciones en el mundo que se deben estudiar. Por lo demás la guerrilla que conocemos se inspira siempre en la filosofía y en la metodología marxista-leninista. Aprovecha todas las circunstancias favorables que se presentan como una consecuencia de los desajustes y desequilibrios sociales en una determinada comunidad. Pero esto no quiere decir que sea la causante de los problemas nacionales, se origina como efecto de una situación. Si ésta situación se maneja, si se le da un tratamiento adecuado, la guerrilla se debilita. Puede ser que no desaparezca –por su forma larvada de persistir– pero se debilita, y pierde el apoyo de la población civil.

La subversión es un peligro en la medida en que las instituciones (como reacción a la amenaza) no se fortalezcan sino que continúen erosionándose y debilitándose por sus malas prácticas y malos manejos. Eso le da argumentos a la subversión. Allí es donde está el peligro.

Los efectos del llamado proceso de paz, son apenas relativos. La razón de la falta de entusiasmo resulta de haber leído con mucho detenimiento los documentos de los alzados en armas. No es un secreto: quieren llevar el movimiento revolucionario hasta las últimas consecuencias –dicen– mientras haya hambre, desconsuelo y miseria. La insurgencia popular busca el desborde, la explosión intuitiva de las pasiones, es violenta, es producto de la frustración y del olvido. Esa metodología de la violencia persistirá, mientras se considere que con unas pocas concesiones o mucha burocracia el fenómeno se extinguirá. El tema es mucho más hondo de lo que aparece en la superficie y no se arregla con el alborozo del colorido del carnaval de unas elecciones parlamentarias o presidenciales.

Se podría realizar una tregua controlada, pero la paz como la entendemos es muy distinta a como ellos la entienden. Para ellos, esa paz será posible únicamente como culminación de su lucha que en el pasado fue fundamentalmente violenta, pero que conjuga al mismo tiempo la guerra y la paz.

Las FARC han entendido la lentitud del proceso revolucionario por la vía armada. Por eso, buscan ampliar su espacio político para poder llegar más fácilmente a las masas. Hacer un movimiento de amplio alcance que estremezca de verdad las viejas y arcaicas estructuras del establecimiento pero sin renunciar a las armas
porque ellas necesariamente tendrán que finalizar el proceso. Sin su presencia y sin su apoyo –lo saben– no ganaron en ninguna parte del mundo. Chile es un ejemplo; en cambio, Nicaragua o Cuba son otros diferentes.

Por eso, hay que ser cautelosos en el entusiasmo que despierta la firma de unos acuerdos que se saben tienen un carácter táctico y son un procedimiento calculado.

La tortura es una excepción: La tortura no se practica como una institución dentro de la fuerzas militares. Esto no
quiere decir que en el fragor de lucha no se puedan cometer excesos en ambos bandos. Especialmente en los estados inferiores de la organización. Nadie da la orden de atropellar la dignidad de la persona del adversario, pero cuando la misión que se recibe es muy exigente, el celo con que se cumple se puede desbordar. Ésta es la excepción pero nunca la regla.

Ahora desde el punto de vista de la moral institucional, se considera que los abusos son contraproducentes porque si se permiten como procedimiento, el hombre puede llegar a convertirse en un verdadero criminal. Sería peligroso para todos y es antítesis de la nobleza, de la hidalguía, del oficio de ser soldado que defiere bien y bastante de ser bandido.

Resulta desde luego muy difícil en la práctica pedirle a nuestros hombres que mientras el adversario dispara sus armas automáticas, ellos simplemente puedan agitar las páginas del código penal. La guerra que es la aplicación de la fuerza conduce al choque violento, a la confrontación. Pero debe haber un esfuerzo por humanizarla lo que por cierto produce unos efectos políticos inconmensurables. Así lo aprendí del general Valencia Tobar, cuando fue comandante de la V Brigada.

Ramón Jimeno

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