La expulsión del paraíso

La expulsión del paraíso

Artículos

23.agosto.1992

Por no presentar de cara al país la verdad de sus políticas y por jugar al éxito en los medios, se le volteó al presidente su estrategia contra el narcoterrorismo. Pablo Escobar sale libre y se confirma la realidad de las transacciones hechas. Y aún no se dice la verdad, queriendo distraer todo el problema bajo el debate sobre las comodidades del presidio o sobre las responsabilidades que sólo se aplican para los mandos que obedecen órdenes.

Al ser cierto todo lo que ahora se publica sobre la cárcel de Escobar y en especial sobre las condiciones de seguridad internas, no es creíble que el reo tuviera intenciones de fugarse a menos que existieran verdaderas razones de peso para hacerlo. En efecto, Escobar no ganó libertad con su salida. Quienes la ganaron fueron sus enemigos, que ahora están libres para cazarlo por fuera de su búnker de la Catedral. Búnker que no lo era tanto de cemento y hierro como de normas legales que colocaron al Estado en la posición de protegerlo con la fuerza pública.

Si el Estado se le entregó tanto a Escobar como se confirmó, no existía razón para que el reo renunciara a todas las prebendas logradas. De allí que no sea ingenuo preguntarse quién fue el artífice de la operación que provocó la fuga. Algunos antecedente empiezan a filtrarse. Como que el gobierno y el fiscal ya habían caído en errores (¿y trampas?) a raíz de “informes de Inteligencia” que en varias ocasiones anunciaban “graves situaciones” o “excesos” en la Catedral.

En marzo y en los primeros días de julio, el gobierno estuvo tan alerta como el 21 de julio, porque la Inteligencia, utilizando fuentes de entera credibilidad, anunció que Escobar había salido del presidio. Toda la información llegó acompañada de datos y horas precisas, y toda fue desvirtuada en las dos ocasiones tras haber provocado las crisis de rigor en las altas esferas.

De la misma manera, nadie volvió a hablar de los 17 secuestros, del asesinato de los hermanos Moncada ni del de Galeano, ni de los testigos de la Fiscalía, que habrían sido el motor para descubrir lo que ocurría en la Catedral. ¿Se comprobaron los hechos denunciados por los testigos secretos, los juicios y las sentencias de muerte supuestamente emitidas por Escobar dentro de la cárcel, como lo anunció el fiscal? De Greiff se contradijo, se rectificó y hoy no se sabe si hay alguna evidencia sobre la ejecución de “crímenes” en la prisión de Escobar, como se lo dijo el fiscal a la Comisión Segunda de la Cámara el pasado 5 de agosto.

Pero tampoco ha existido el menor esfuerzo del gobierno para explicar, aún si todo lo que motivó la operación traslado era cierto, cuál era el afán de mover al prisionero sobre el que se sustentaba la credibilidad de la política Gaviria en este campo.

Si Escobar estaba en la prisión y se sabía que había participado en nuevos crímenes, ¿en qué cambiaba obrar de inmediato o hacerlo un poco después? Lo lógico, en derecho, era abrir las investigaciones de rigor, como le corresponde al fiscal, para comprobar las acusaciones. Y al gobierno, responsable de los prisioneros, tomar las medidas que le impidieran a Escobar cometer nuevos delitos. El traslado de losprisioneros de la Catedral no parece ser la solución lógica, menos aun cuando el testigo oculto reveló los secretos que le permitían al capo seguir con los ilícitos.

Si sus acusados o los socios de Escobar entraban en un camión de doble fondo, pues ya era fácil impedir que volviera a suceder esto. Al menos en el mismo camión. O si tenía fax y teléfono, pues era asunto de desconectárselos. O si juzgaba desde su nueva oficina, pues le podían prohibir todas las visitas mientras se tomaban medidas para asegurar que no pudiera volver a hacerlo. También se le han podido instalar circuitos cerrados con cámaras de televisión, aunque fuera para descubrir los túneles secretos que nunca hallaron los sabuesos oficiales en las pesquisas postfuga.

O si el poder Ejecutivo quería mostrarse drástico, pudieron sellarse todas las entradas a la Catedral, todas las salidas, y hasta dar la orden de cambiar los tres candados que casi le impiden el ingreso al enviado del presidente para anunciarle al valioso reo la expulsión del paraíso. En fin, todo lo que se hubiera logrado con el traslado de Escobar a otra cárcel se habría podido lograr en la misma cárcel, sin provocar la fuga.

Entonces hay que insistir en la pregunta. El afanoso traslado de Escobar ¿qué buscaba evitar? ¿Acaso lo único que justificaba el afán era que Gaviria pudiera llegar a la reunión de España a tiempo? No es creíble. Hay una carta que el gobierno no quiere revelar, tal vez porque haría descender más su nivel de prestigio. Pero si no lo hace a tiempo, cuando los hechos lo vuelvan a confirmar, sí que será tarde para que Gaviria intente una segunda recuperación.

Es difícil creer que el gobierno no pensara en las implicaciones de trasladar a Escobar a otra prisión, en la que no tendría las garantías de seguridad que había logrado en la Catedral. No sólo sería pasar a una nueva y desconocida edificación y custodia -donde estaría más vulnerable frente a sus múltiples enemigos- sino que el traslado implicaba un riesgoso transporte ajeno del todo a su control. En un vuelo, cualquier cosa podía pasar. Desde un ataque, hasta un secuestro sin autorización del gobierno. Lo claro es que la versión oficial para expulsar de su paraíso a Pablo Escobar es difícil de creer, y el país no conoce todavía las implicaciones de su fuga.

La expulsión del paraíso

Le puede interesar

Lo sentimos, en este momento no hay contenidos que cumplan con los criterios de búsqueda.

Tags

Lo sentimos, en este momento no hay contenidos que cumplan con los criterios de búsqueda.