Los cercos del tigre

Los cercos del tigre

Entrevistas

01.enero.1991

Entrevista inédita a Alonso Ojeda Awad

Mi padre era jefe del cable aéreo, un medio de transporte parecido al teleférico, que bajaba columpiándose entre cerro y cerro, desde Ocaña en la Cordillera Oriental, hasta Gamarra en el Magdalena Medio. Él era considerado como un héroe, porque le había puesto el pecho a la guerra para recuperar Leticia, en el conflicto colombo peruano. Gracias a ese puesto, de mucho postín, conoció a mi mamá, la hija del turco –Sirio Libanés– Elías Awad, que procedente de Beirut se estableció en Aguachica en 1910.

En la nebulosa del recuerdo la primera percepción política que tengo es la muerte de Gaitán. Él desató la violencia. Dos tíos paternos fueron asesinados. Los liberales emigraron a la Costa Atlántica. Y los más golpeados, a la guerrilla del Mocho Ropero, un dirigente campesino del Carmen, Norte de Santander, un pueblo que la violencia trató de acabar: la policía borracha rompía las botellas y obligaba a la gente a caminar encima de los vidrios.

El terror duró hasta cuando Rojas Pinilla tomó el poder. Un tiempo después, mi General ordenó reprimir a plomo una manifestación estudiantil en la que murieron 14 universitarios. Ese acto de barbarie sacudió la conciencia del país. En el edificio donde cayeron, siempre hubo una placa de recordación, ahora lo reformaron y desapareció. Poco a poco van borrando los recuerdos, la enfermedad del olvido de la que hablaba García Márquez.

A mí me hirió porque mi tío, José Elías, estudiante de la Nacional llegó perseguido a Ocaña, después de la masacre. También se quiso borrar a los testigos. A través de él supe que había países en donde, decía, no existía ni la explotación del hombre por el hombre, ni las injusticias: la patria del gran Lenin, el socialismo.

Ya empezaba a sonar Fidel Castro, un cubano que luchaba por derrotar al dictador Batista y que había consagrado frente a los tribunales que lo juzgaban, la frase: “No importa, condenadme, la historia me absolverá...” Y lo estaba absolviendo en ese enero de 1957.

Huelga para cuestionar

Para la época, las viejitas ocañeras hacía rogativas para que yo volviera al seno de la iglesia. Pero en segundo bachillerato ya era revolucionario. Había conformado núcleos obreros, siguiendo instrucciones del tío, en los que leíamos el Anti düring y toda la literatura ladrilluda del partido. No entendíamos ni un carajo, pero que la leíamos, la leíamos. Lo único claro del Anti düring es que Avoward significa hacía adelante. Con el fervor revolucionario de los 13 años, utilicé el término para mi equipo de fútbol –que quedó de último– en el campeonato. Después, me decía que buscara en el Anti düring, algo que significara hacía atrás. Ése debía ser el nombre.

En una ciudad chapada a la antigua como Ocaña, no eran normales los núcleos obreros. Y aunque las reuniones eran clandestinas, hacíamos toda la bulla para que lo

supieran. Entonces la represión no se hizo esperar, y como la pita siempre se rompe por lo más delgado, a los compañeritos obreros que ni entendían para dónde iba la vaina los echaron de sus puestos.

A mí casi me expulsan del colegio, porque dirigí una huelga contra el rector. No nos había hecho nada, pero teníamos que cuestionar. Eso puso en riesgo mi educación y me calmé. Además a mi mamá la habían nombrado alcalde de Ocaña, entonces yo no podía seguir de gestor revolucionario. Más bien aproveché, para que los obreros se reincorporaran a sus fábricas.

Dejé las actitudes folclóricas, pero la revolución cubana se me seguía metiendo hasta los tuétanos. Lo que dijera el Caballo era la voz de Dios. En ese ambiente apareció Alfonso López, un liberal, que decía “Pasajeros de la revolución, por favor pasar a bordo”. Era la panacea. Me alineé con el peligroso del momento. En contra de mi papá que había sufrido mucho y el temor de volver a otra radicalización lo espantaba. Él siempre trató de hacerme dejar esas ideas que, me iban a traer problemas.

No las dejé, y viajé a Bogotá a estudiar medicina en la Nacional, pero "quien sólo sabe medicina ni medicina sabe”. Por eso busqué otras cosas. El ambiente en la universidad era revolucionario. La música era la del Comandante Gallinazus y se oían los discursos de Fidel por alto parlante: “Si el imperialismo quiere preservar la salud de sus boinas verdes, que procure no encontrarse con el Che...” Y el Che, enfermo, asmático y atravesando pantanos en mulita.

Me vinculé al MOEC, un grupo opuesto al obsoleto y burocratizado PC. El MOEC era famoso por las manifestaciones tan duras que organizaba. Eso ya no existe. Ahora acaban con todo, hasta con la pobreza y por decreto. Una de esas manifestaciones obligó al gobierno de Lleras a echar atrás un alza en el transporte, lo que le dio mucha fuerza al movimiento.

Pero como la idea era copiar el esquema cubano, Larrota, su dirigente, cogió pa’l monte. Con tan mala suerte que se metió con Aguililla, un delincuente que por debajo trabajaba con los servicios secretos del Estado. Larrota quería reeducarlo y ponerlo al servicio de la revolución. Aguililla lo mató.

El MOEC, recibía apoyo, entre otros, de Corea del Norte a donde viajábamos para instrucción. Los que habían ido a Corea se reconocían, porque a todos les regalaban unos abrigos larguísimos. Si uno veía a un tipo chiquitico con un abrigo hasta los talones esperando bus en la calle, sabía que era del MOEC.

Eran los tiempos utópicos del plan Aurora en el que, con fuerzas coreanas por el pacífico, cubanas por el Caribe y caballería a lomo desde los llanos orientales, como los lanceros de Rondón, nos tomaríamos el poder. Los tiempos de “Revolución en la Revolución” de Regis Debray, la concepción foguista que decía que lo que se necesitaba eran intelectuales capaces de echar p’al monte a consolidar los grupos directivos para la revolución.

Un periódico revoltoso

También fue el año en el que se rompieron las relaciones entre el Estado y los estudiantes, a raíz de una manifestación que terminó en pedrea contra el Palacio

El capellán de la Universidad, Camilo Torres, solicitó echar atrás esa medida. Laserna habló con el Presidente, éste con el Cardenal, y el Cardenal echó a Camilo de la Nacional. Ante esto Camilo decidió regresar a Lovaina, donde había estudiado. Lo despedimos con una manifestación, a la que llegaron miles de obreros y estudiantes, que le pedían: “Padre, no se vaya, póngase al frente...” Fue tal la efervescencia, que se quedó y comenzó a organizar su frente unido.

Unos meses después, fui seleccionado con otros compañeros para viajar a Cuba. En el aeropuerto de México, la CIA esperaba a los pasajeros de Cubana de Aviación, para reseñarlos. Cuatro buques de guerra de los Estados Unidos cercaban la entrada al puerto de La Habana. Allí, en la sierra del Escambray, donde estaba la comandancia del Che, juramos no sacarle jamás el fundillo al compromiso revolucionario. El viaje acabó con la noticia de la muerte de Camilo. Nos radicalizamos. Rompí con el MOEC y me vinculé al núcleo urbano del ELN. Como guerrillero y médico, volví a Aguachica, la tierra de mis padres.

La inteligencia militar

Por esos días, Fabio Vásquez era el máximo dirigente del ELN. Él, tal vez por su extracción, asumió como propia la concepción del Che, en el sentido que “para la revolución, vale más un campesino que diez intelectuales”, aseveración que fuera de contexto, produjo mucho daño a la guerrilla. Durante su comandancia, el ELN recibió los más duros golpes.

En esa época –gracias a la inflación– para el ejército era relativamente fácil detectar a la guerrilla. De hecho, el tendero veía que un campesino que siempre compraba una panela, llevó cinco, y no está ni en cosecha ni tiene visita. Y otro que nunca comía sardinas, llevó diez. Así, hasta que los precios subían porque había más demanda. Las leyes del mercado cumpliéndose en los últimos pueblos y surgía el comentario “Todo está carísimo, pero se vende más”. El ejército sabía los motivos: la guerrilla estaba comprando.

Luego, hacían requisas y cogían los contactos campesinos también muy fácil, porque si llevan el periódico no hay pierde: “Ah se está volviendo intelectual, venga, dígame que dice acá”. Y el campesino no sabía leer, entonces lo apretaban hasta que hablaba.

La hoguera del morral

Por un campesino, los militares detectaron al grupo de Fabio y montaron su operativo. El grupo replegó, pero se desorientó y después de llegar al filo de la montaña, bajó en la misma dirección por donde habían subido, hacia el encuentro con el ejército, que no

Arzobispal donde vivía el Cardenal Concha Córdoba. Ese día un grupo de medicina, que editaba el periódico ‘Bisturí’, había publicado la II declaración de la Habana, que era dinamita.

Mario Laserna, entonces rector de la Nacional, consideró que dado el carácter de la publicación, ‘Bisturí’ era responsable de los desmanes en la manifestación, y expulsó a sus integrantes por “revoltosos e instigadores del comunismo”.

En las ciudades ignorábamos lo que había pasado y nos cogieron a todos. A mi casa llegaron con la excusa de que traían un enfermo. Sin abrir la puerta los mandé al centro de salud. Insistieron: “Sólo confiamos en usted, compañero”. Se me bajó a cero la malicia. Abrí creyendo que era un guerrillero herido y encontré un montón de policías, gritando “Quieto hijueputa, tenemos orden perentoria de allanarlo”. Como quince tipos, y entre esos, un paisano que me reconoció y dijo: “Uy médico, usted cómo se metió en esta vaina. Si tiene amigos influyentes, llámelos”.

Lo peor es que sobre mi escritorio, había una carta dirigida a Fabio. Para esconderla, le dije al teniente que como me iban a llevar, necesitaba dejar instrucciones para un paciente grave. Aceptó, pero mandó un soldado a vigilar. En un papayazo, metí la carta entre un libro. Al despedirme, en la angustia del abrazo le dije a mi tía: “Quema los libros que hay sobre el escritorio” porque si cogían la carta, me jodían.

La tía entendió mal y echó a una hoguera que duró como tres días todos los libros de las biblioteca. Un sobrino que quería quedarse con uno, sobre educación sexual, cuestionó la medida. Pero la tía fue inflexible, “la orden de Alonso es quemar todos los libros, y se queman todos”. Ardieron más de 600 libros...

Una huelga para la cárcel

Me llevaron a la V Brigada de Bucaramanga. A unos calabozos llenos de mierda y ratas. Como era inocente, le dije al Mayor, “está equivocado, su trato es bellaco...”. No me dejó seguir y dijo: “No te hagas el huevón, Aristides”, nombre que sólo Fabio y yo conocíamos. Perdí toda iniciativa. Sin embargo, traté de asumir una posición de desconocimiento a todo. Pero ante el peso de las evidencias, era bobo seguir negándolo. “Mire, la dinamita en su finca, la cárcel del pueblo en su casa, ¿o no es su casa? ¿Usted no es Aristides?”. Me torturaron hasta que dije: “Bueno sí. Soy Aristides. ¿Y saben por qué? Porque me mamé de ver tanta miseria... Todo por lo que me culpan, me produce honra”.

A todos los habían sacado para la cárcel. A mí me consideraban pez gordo y me dejaron en la Guarnición que, en comparación, es el infierno. Entonces hice huelga de hambre para que me llevaran a la cárcel. No hay nada peor para los militares que una huelga de hambre que se hace pública. Al tercer día de ayuno, me dieron orden de traslado para el Barne, cerca de Tunja.

Mi defensa para el Consejo de Guerra se basó en un proceso de ruptura, en el que el reo no acepta las normas del sistema que lo juzga. Desde cuando el juez dijo “en nombre de Dios realizamos este juicio”, pedí la palabra: “No sea cínico, ¿en nombre de cuál Dios, del que deja morir de hambre...?”. Me quitaron el derecho a hablar. Yo no me callaba, y terminaba en el calabozo.

Así pasó hasta que el abogado Umaña Luna solicitó “a la sal que no se había corrompido”, la Corte Suprema de Justicia, que impidiera ese esperpento en donde los vencedores juzgaban a los vencidos. A los tres meses, la Corte reconoció que no debíamos ser juzgados en Santander, en donde habíamos caído. Nos llevaron a La Picota.

podía creer que tenía en la nariz a la guerrilla madre y atacó. No murió nadie, pero cayó el morral de Fabio con toda la información sobre la red urbana.

Un cerco táctico

Durante mi cautiverio sucedió el cerco de Anorí. Ése fue el principio del fin. A la guerrilla se le volteó la arepa. Perdió su gente, y además los capturados confesaron lo suficiente, para que el ejército iniciara la arremetida.

En la misma época, el gobierno Pastrana levantó el Estado de Sitio y los juicios de militares a civiles, por decretos de excepción, se cayeron y pasamos a jurisdicción civil. Quien decidió nuestra suerte fue el magistrado Jaime Pardo Leal, que nos dio la libertad casi que comparándonos con Gaitán y Bolívar.

Libre y en la clandestinidad, recibí orden de asistir a un juicio guerrillero. El ELN se había metido en ese camino imitando a Cuba y Moscú. Con una dureza en la que caía con todo su peso la moral revolucionaria, en extremo pecaminosa. Las relaciones sexuales, por ejemplo, estaban prohibidas. Los que tenían una, pensaban en desertar. Como se les iba la cabeza si lo hacían, se pasaban al ejército. Muchos buenos guerrilleros terminaron siendo guías de la contraguerrilla.

Para el juicio, Fabio fue el fiscal. No había defensor, al que defendía lo amarraban... Fabio estaba golpeado, en Anorí había perdido a sus hermanos y señalaba como responsables a la red urbana que por estar “huevoneando” en las ciudades olvidaron enviar un lazo que se les había perdido para cruzar un río. Los culpaba también por llenar a los guerrilleros de armas que no podían movilizar y de crear falsas expectativas. Fabio decía que esas fallas eran producto de una desmoralización y educación burguesa; por lo tanto, había que condenarlos. Si algo había cerca al diablo, era ser burgués. Ser de ciudad también era motivo de desconfianza, porque allí estaba la fuente de corrupción: las mujeres, el alcohol, la rumba y la vida fácil.

A los acusados los fusilaron. Fue tal la desazón que casi todos entramos en crisis profundas. En algunos casos la gente perdía el control de esfínteres, no del miedo sino de la regresión. Varios compañeros terminaron disociados, o se suicidaron. Otros seguimos sin saber si ya estábamos locos o nos íbamos a enloquecer en adelante.

Era imposible aprobar ese juicio “¡cómo carajo van a matar a un compañero, que vino a meterle el hombro a esto!”. Y en esa maraña, cuestionar era comportarse como un contrarrevolucionario. La única salida era desertar; eso también era la muerte.

A volverme campesino

Fabio estaba de siquiatra, yo le insinué que viajara un tiempo o que revisáramos unos puntos porque íbamos mal, un poco de gente nos mata el ejército, y otro poco la fusilamos nosotros. Entonces se previno conmigo y me calificó de burgués. Nuestra relación se fue deteriorando, y el grupo metiendo en las profundidades de la selva. Pasaban días en los que no veíamos ni humo. Sólo comíamos mico. Más que revolucionarios parecíamos errantes de la montaña. Finalmente, Fabio decidió ir a Cuba un tiempo. Dejó a Gabino al mando y a mí me dijo que para la guerrilla era más importante un Alonso Ojeda campesino que uno médico, que me quedara acampesinándome.

Entregué mi instrumental, saqué la medicina de Harrison, un libro gordote y la encaleté para que se la comieran los comejenes. En su puesto acomodé cinco panelas, diez kilos de arroz, la misma carga de los campesinos y a convertirme en uno de ellos. Aprendí a llamar al ñeque, una llamada muy peligrosa, porque el ñeque sale en busca de la ñeca para hacerle el amor, pero también acuden al encuentro amoroso, el tigre y la culebra. Entonces por cazar al ñeque, te pueden cazar a ti.

 

El otro cerco

 

En esa época, encontré en los campesinos una patología extraña, marcada por un tinte amarillo. Busqué en mis libros y aunque no quería aceptar esa muerte silenciosa, comprobé que se trataba de fiebre amarilla.

El primer atacado fue Chatarrito, un ingeniero encargado de las comunicaciones con Cuba. Durante varios días esperamos permiso para bajarlo a la ciudad. Fabio tenía la concepción de que el guerrillero sólo va a la ciudad para tomársela. Sacamos al enfermo en cuando: una hamaca colgada a un palo. Atravesamos la selva, sin caminos ni de herradura y por la noche porque los militares acechaban.

Cuando ya Chatarrito no daba más, encontramos una casa amiga, y ahí lo metimos buscando aunque fuera un sitio con luz. Yo intenté todo: suero, una venosa, inyecciones de reanimación, pero se murió. Salimos bajo un gran aguacero, con Chatarrito en hombros, pero ya sin plan. A la madrugada, todavía lloviendo encontramos un planito. Abrimos un hueco, rezamos unas oraciones y lo enterramos bien camuflado; el ejército estaba a la pata y podía sacarlo para hacer su campaña periodística de desprestigio.

El librito de Medicina describía al zancudo transmisor, como de cola blanca y franjas de colores. Todo estaba lleno de esos zancudos. La muerte andaba rondando. Pedí la vacuna a la ciudad, pero el ejército ya sabía que nos habíamos metido a una zona endémica, y tenía vigilada la venta. A los pocos días se enfermó Gabino y viajamos a Bogotá.

Replanteando el replanteamiento

Para sorpresa nuestra, había una gran discusión sobre la eficacia de una lucha en las montañas y básicamente contra las culebras y la fiebre amarilla, que nada tienen que ver con la revolución. Esa discusión englobaba los procedimientos militaristas de Fabio y pedía su remoción. Fue el proceso de replanteamiento, que buscaba unir los frentes guerrilleros y salir de las selvas para impulsar el calor de las masas, el cambio social. Una posición visionaria que sólo quince años después sería comprendida.

Había también, como siempre, intelectuales, buscando concretar un movimiento, que transformara las viejas costumbres políticas. Entre ellos Enrique Santos, quien me presentó a Jaime Bateman. Me impactó porque al contrario de los rígidos dirigentes que había conocido, era muy descomplicado y buena vida. Decía que en un buen restaurante no había peligro. Que si nos detectaban era en las salchicherías.

Bateman quería unir su grupo al ELN. Le conté nuestras limitantes pero me ofrecí a llevarlo a una gran convocatoria que estábamos organizando, con el lema chino: “Que

cien flores se abran y que compitan cien escuelas ideológicas”. Por inmadureces
nunca se realizó. Eso me permitió decirle a Gabino, que sin unidad y sin el calor de las masas no íbamos a ningún lado. No nos pusimos de acuerdo y sin muchos traumas me separé del grupo. Después me culparon de divisionista y me condenaron a muerte.

El país al fundillo

El Flaco me había llamado para integrar el Bureau en el Comando Superior del M-19. Acepté como miembro emérito, porque seguía siendo del ELN, y estaba seguro que tarde o temprano tendrían que salir. Lo que nunca me imaginé es que se demoraran más que la Unión Soviética.

Por desgracia, en el Eme descubrí la misma actitud militarista que combatía en el ELN. No me cuadra que mi gran amigo tenga esas tendencias. Él era mi compañero de huidas. Una vez escapando de un cerco, salimos en autoferro desde Santa Marta a Bogotá. El Flaco, buen estratega, alquiló la litera más elegante y pasamos por etnólogos. El ejército ocupó el tren y en efecto nos pidió perdón por la incomodidad y nos recomendó que ni miráramos por la ventana, porque la zona estaba infestada de guerrilleros.

Pero Bateman insistía en esa tendencia. Le retaqué que era un desperdicio meter gente tan buena al monte; no concordamos. Pasado un tiempo, me advirtió que saliera de Bogotá, porque preparaba un golpe con el que el país se iba a ir de fundillo.

Recogí a mi compañera, a los hijos y hasta luego. Unos días después, el M-19 dio el golpe del Cantón Norte y se vino la represión más berraca. Yo estaba en Cartagena, y hasta allá llegó el terror. Otra vez a huir. Armé en un jeep, una especie de diligencia del Oeste, con camas, agua potable, mercado y salimos hacía Medellín, a donde los familiares de mi señora.

En el camino llamamos y nos advirtieron que ni nos asomáramos, ya habían apresado a los familiares. Llamamos a Cartagena y el ejército ya había llegado. Seguimos para ver a dónde llegábamos. Pero a medida que avanzábamos nos metíamos más en territorio del ELN, que también me había condenado a muerte.

La situación era como la del cuadro del guayabo negro. Un tipo trepado en un árbol, agarrado de una rama que da a un lago donde está un cocodrilo con la boca abierta. Por el árbol sube una culebra, abajo está un tigre y la rama se está rompiendo.

Mi rama también, pero como mandado por la providencia vimos una desviación, con un letrero en lata que anunciaba, “A 100 metros se arriendan cabañas”. Los 100 metros resultaron bastante más y nos quedamos allí durante un mes. Por supuesto haciéndome pasar por escritor en busca de paz.

Cerebros de mico

Mi primer hijo nació en la época más tenaz. Ese día estaba en una droguería de Chapinero y escuché por radio que “a raíz de la caída de un guerrillero, indicios ubicaban al médico Ojeda Awad en Fontibón, en donde se realiza un intenso operativo.

Fernando me había llamado días antes para que nos viéramos. Yo procuraba no ver ni a mi mamá, pero con muchas prevenciones acepté. Tamayo no quería implicarse tanto. Él creía que las cosas eran más simples, pero en esa época no había ningún “manos arriba”. Si te cogen, te matan, éramos desechables. Y no era tan simple.

Comencé a pensar, que sufríamos algún tipo de esquizofrenia. Se fue desdibujando la religiosidad con la que asumía el proceso. Esa crisis se afianzó, porque mi niña menor se enfermó y yo no tenía recursos. Con todos los esfuerzos la llevé al pediatra. Tenía meningitis. Lo último que quedaba sin revolcar se me revolcó. Por fortuna, Javier Jaramillo, un amigo cartagenero, se hizo cargo. La niña superó la enfermedad, pero yo quedé muy mal, cuestionando todo por lo que había luchado: “...después de tanto pelear, ¿sí seríamos capaces de ser mejores que los otros?”.

Un cerco legal

Me fui aislando, hasta que me salí del proceso. Pero vino otro asunto. De qué vivir. Con los mecanismos de antes, sin una ideología me pondría en los dinteles de la delincuencia. La pobreza comenzó a cercarme. Fue cuando El Teso, mi amigo, me contactó como médico, para atender a un muchacho que habían abaleado y además tenía el tiro de gracia. La preocupación era, ¿por qué sigue vivo?

El herido tenía un balazo entre las cejas, pero con tan buena suerte, que se había rodado entre las dos tablas de la frente, hasta la mitad del cráneo. Era mejor dejar la bala allí. Neurológicamente estaba perfecto.

El tipo, gran estafador, en pago me propuso un negocio. Sacó dos billetes de 500 y me dijo “cuál es el verdadero”. No pude diferenciarlos. Quería que le ayudara a circular billetes falsos. No me atreví. Sin embargo, ofreció pagarme de otra forma. Me financiaría un viaje a Bogotá para encontrar a mi hermano Alfredo y reorganizarme. El día del viaje me acompañó al bus. Hasta el momento no me había dado ni un centavo. Al salir, me pasó un fajo de billetes. En la flota, sospeché que era mucha plata y descubrí lo que pasaba. Me dio los falsos. Lo único que faltaba, que me agarraran por eso. Con el susto de la vida, compré en cada parada una paleta, un chocolate, una ida al baño. Todo lo pagaba con un billete esos, hasta que los pude cambiar todos.

En Bogotá, me volví Carlos Ramírez, Asesor en Comercio Exterior. Mientras yo hacía negocios en el Incomex con mi hermano, el ejército seguía diciendo que me tenía cercado en Cimitarra.

En esa época llegó la amnistía Turbay. Había que acogerse ante una autoridad política, judicial o militar. Nosotros, herederos del Mocho Roberto, quisimos hacerlo ante un liberal, Álvaro Uribe Rueda. Entonces con mi familia hicimos el periódico: PROVINCIA OCAÑERA, y para el acto de lanzamiento con el que nos amnistiábamos, repartimos 200 invitaciones entre los antiguos enemigos: militares y políticos.

“Regresé a la casa y encontré a mi mujer con los dolores del parto. Ni modo de salir. Pedí un taxi y la mandé sola para la clínica.

El compañero capturado era Fernando Tamayo, un publicista perfecto. Decía “¿...el mico les atrofió el cerebro a los del ELN? ¡Cómo así que en la época del mensaje subliminal, todavía anden haciendo campaña con brocha gorda!”.

Lo siento, estaba en una caballeriza

El acto era a las 6 p.m. y a las 4 a.m. nos cayó el ejército: allanamiento y detención. Yo vivía con mi mamá, que llorando se le arrodilló al teniente, y le pidió que le dijera para dónde me llevaban. “Señora, saque un papel y anote: Escuela de Artillería frente a la Picota. Vaya a buscarlo allá”. Salí escoltado como si fuera Sangrenegra. A la Escuela de Caballería en Usaquén”.

Ya tenía experiencia, así que esta vez me afeité para no quedar como un delincuente en la reseña. Me vestí muy bien. Salí con un libro de medicina bien sofisticado, de esos titulados ‘Cirugía a corazón abierto’. Me metieron en una caballeriza.

Querían desanimarme con ese caballo zapateando, lleno de mierda, y yo con aires de mucho respeto, a no dejarme. Luego llegó un encapuchado y dijo, “Aquí hay dos equipos. El que presido, habla con los acusados. El otro, del que no formo parte dizque es muy sanguinario. Ése actuaría en el hipotético caso que usted no quiera contarnos lo que sabe”. Contesté: “Lo que yo puedo contar es historia patria. Usted por la voz parece muy joven, no creo que le sirva”. Le aseguré también que me iba a lanzar de senador. Que como debían saber, a las 6 p.m. 200 personas del gobierno me estarían esperando. “Si se enteran que no llegué por estar en una caballeriza, las cosas se van a complicar”.

A las 5 de la tarde me soltaron y dijeron: “En adelante, si usted no intenta agredir al ejército él no intentará agredirlo a usted”. Era lo que estaba buscando, claro que incumplieron, porque me han allanado como cinco veces más.

La última vez fue, cuando la bomba a la OXY. Me llevaron a donde el tipo al que mi mamá se le arrodilló. Ya me conocía y dijo: “No es culpa mía. El primer sospechoso que aparece en el computador es usted”. “Y hasta cuándo me va a tener en esa lista?” pregunté. "Per secula seculorum", contestó.

Espero que ya haya pasado el último allanamiento. Por eso llamó todos los días a Rafael Pardo, aunque no me pase al teléfono, pero que quede constancia que todos los días el exguerrillero Alonso Ojeda Awad ha llamado al Ministro de la Defensa Nacional.

Ramón Jimeno

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