Miserae Mortem

Miserae Mortem

Artículos

12.mayo.1991

”En Mompós la gente sólo se muere de edad o de amor”, dice el administrador del cementerio local. Fue tan evidente la reacción de incredulidad que el joven no dudó en demostrar su afirmación. Con orgullo improvisó un tour por su territorio. Comenzó en la gran avenida que ofrece una verdadera bienvenida a quienes recién llegan a morar y que sirve además como bulevar para los visitantes que a diario son frecuentes, en especial al caer la tarde y el intenso calor con ella. “El de amor es un muchacho... está por allá...”.

Antes de que llegáramos al sitio, el guía aprovechó para ilustrarnos sobre quiénes estaban en las múltiples tumbas clásicas que componen el cementerio. En una de ellas, adornada con una base de cuatro metros cuadrados en mármol de calidad, un grupito de niñitas dibujaba en sus cuadernos cuando los regaños de una mamá las interrumpió: “¡Niñas! ¡Ya les he dicho que éste no es el sitio para hacer las tareas! ¡Es un irrespeto!” Ellas, molestas y a regañadientes se desacomodaron de la tumba sobre la que a manera de escritorio cumplían con sus deberes escolares y con pereza atravesaron la gran puerta de entrada para ubicarse en una de las bancas del arborizado parque, antesala del cementerio. El forastero acostumbrado a ver la tristeza infinita de los hijos de un exministro asesinado, de los familiares de los últimos masacrados en tantos lugares del país, de los últimos policías emboscados por la guerrilla, o del poeta Julio Daniel, no cree con facilidad que en esta isla fluvial la muerte llegue de manera tan diferente y tan sencilla, como con seguridad cada colombiano quisiera que le llegara: natural, sin intervención humana.

“Aquí tenemos tumbas de marquesas, de miembros de las familias importantes, de grandes hombres de la patria y de próceres contemporáneos...”. A lo largo del recorrido se encuentran jóvenes vestidos de visita para la novia, recién peinados; señoras con lociones propias de su edad y de la moda local, arregladas con moños frescos: también se ven visitantes bien mayores –en son de paseo– preseleccionando según el guía su área como lo hizo una anciana quien, a pesar de tener mausoleo de familia, prefiere que la sepulten en la tierra. Para asegurarse que así sea, pagó por anticipado y vigiló mientras se cavó su hueco en el sitio que escogió. Ahí está la tierra amontonada, reseca por el verano, esperando volver a su lugar. “Ahora sí está muy enferma” dice con profesionalismo el hombre. Como turistas, cansados de ir a entierros de amigos, de conocidos y de tantos líderes muertos de muerte violenta, parece un lujo llegar a la edad de esperar que llegue.

La mayoría de los visitantes conversan con naturalidad y tranquilidad. No entre ellos. En realidad hacen monólogos frente a la tumba de su madre o de sus maridos, o del novio que se suicidó “de puro amor”. “Ahí está el muchacho, tenía diecisiete años”. Con la necesaria intimidad del caso el administrador, cuidándose de no fastidiar a las visitas, nos invitó a sentarnos en la banca de una de las más hermosas tumbas, lo que de paso confirma que este cementerio está diseñado en efecto para recibir de verdad visitas, no

a las carreras ni con susto, ni con las prevenciones y remordimientos que se producen cuando le arrancan la vida a alguien cercano. Uno, si lleva flores, lo hace sabiendo que no tocaba. En esta isla de paz se disfruta sin prisas y con comodidad la ausencia de alguien que se fue porque era hora de que se fuera. “Este muchacho es uno de los pocos muertos que no están aquí por razones de edad. Estaba enamorado, muy enamorado de una muchacha. Pero no se sabe qué pasó. Ella viene todos los días a visitarlo. Pero no dice nada, quién sabe si ya no lo querrá. Viene, le habla y llora. Pero nadie sabe qué ocurrió entre ellos de verdad. Los padres salían de paseo. Él le insistió a su mamá para no ir. Lo dejaron solo. Tomó el revólver del padre y... se disparó por amor”.

“El otro fue un profesor que asesinaron –pero advierte para evitar confusiones–. Lo mataron en Tunja. Era profesor de la Pedagógica. Quién sabe qué será, pero no fue aquí. Ellos dos son los únicos momposinos, durante mi administración, y llevo seis años aquí, que no sepultamos por edad o enfermedad, que es lo mismo porque recorta la edad. De resto, tenemos dos guerrilleros que vinieron a morir cerca, no eran momposinos”. Nos lleva hasta una de las discretas tumbas construidas contra los muros que demarcan el cementerio, pintada de blanco con una rosa plástica amarilla colgada sobre el nombre “N.N.”, que revela el respeto de los locales hasta por los muertos desconocidos. Y luego señala otra igual de sencilla, pero en el suelo. “Ésos son los únicos. No los vamos a dejar afuera”.

Al salir, en el parque hay más gente, conversando en uno de los sitios más agradables de Mompós. Y entonces es cuando surge la nostalgia que no se siente en el cementerio. La tristeza está afuera, a lo largo del río Magdalena y en casi todo el resto del país. En el clásico río que le sirvió a Bolívar para arrancar su guerra de Independencia con 411 jóvenes momposinos, hoy bajan los barcos atrincherados y escoltados por patrullas navales detrás de los cuales surgen retenes guerrilleros y detrás de los cuales se parapetan los renovados escuadrones paramilitares. Al desembarcar en cualquier puerto surgen las redadas del Ejército y la Policía, las de los organismos secretos, y lo que sobra es para las pandillas que están al acecho. Es cuando uno se da cuenta de que volvió a este país repleto de bandas armadas bajo todos los pretextos y banderas, cada una con el poder de mandar a cualquier colombiano al cementerio, de muerte irregular, por pisar el territorio que desde el inexpugnable Palacio de Nariño de la carrera séptima, el presidente declaró libre.

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