La estrategia del caracol

La estrategia del caracol

Guiones

01.mayo.1985

SINOPSIS
La historia se inicia con el recorrido veloz de un furgón de la policía por las calles de Bogotá. Se detiene en un tumulto. Los agentes descienden y se abren paso, seguidos por periodistas y curiosos hasta rodear a un individuo amarrado a un poste, en el centro de un lote.
La periodista empieza a narrar la historia, presentando a Jacinto y a los otros inquilinos en la casona, haciendo los preparativos para su estrategia.

La reconstrucción del caso se inicia con El Perro Romero dirigiéndose de su “despacho” en la calle hacia un juzgado, encontrando a los funcionarios curiosamente despectivos con él. Valiéndose de un embolador, cita al secretario a un café vecino, donde confirma que ya no es más su amigo.

Simultáneamente, un carro de buena marca -donde van Mosquera y los propietarios de la casona- recorre sospechosamente las calles de La Candelaria. Pasan frente a la casona del conflicto, donde observan a algunos de los inquilinos. Los siguen un par de matones en un Renault 18.

Una madrugada, aún en penumbra, tres sombras cargando una escalera, se mueven sigilosas por las calles de La Candelaria, secundadas por un sonido metálico de algo que llevan en una bolsa.

Al amanecer, El Perro prepara su alegato para impedir otro intento de desalojo. En las calle están presente los vecinos, todas las autoridades del caso, el abogado Mosquera y la periodista narradora. El Perro logra evitar la acción tras un alegato jurídico de tinterillo que enardece a Mosquera y a las autoridades, debido a que ha cambiado las placas de la nomenclatura de la casona y del vecindario. Los hechos concluyen en una fiesta con los vecinos.

Pocos días después, Jacinto, sentado en el portón, recibe de los mismos policías una notificación definitiva de desalojo. Enseguida pasan los matones en el Renault 18, intimidándole.

Por iniciativa de Jacinto, los inquilinos se reúnen nuevamente en su habitación. Discuten y no llegan a ningún acuerdo sobre cómo proceder ante lo inevitable del desalojo. Durante el debate se aminora el volumen de las conversaciones y se muestra lo que cada inquilino, imaginariamente, cree que le va a suceder sin techo:

El culebrero Milquiades vende su mercancía en San Victorino, luego cierra su camioneta y se acuesta a dormir dentro de ésta, hasta que la policía lo despierta por estar mal estacionado y le toca irse.

Doña Eulalia, una maestra rural retirada, está en las oficinas del Seguro Social tratando de demostrar que aún vive, porque un computador la borró de la lista de pensionados dándola por muerta. Luego se convierte en una harapienta limosnera que duerme junto a la puerta de la iglesia de San Francisco.

El Chupa, un ladrón de radios de carros, rumbero, está en plena acción. Luego celebra el éxito de su hurto en un bar de la mala muerte, de donde se resiste a salir cuando están cerrando el local gritando que es su casa.

Misiá Ana, una lavandera-cocinera que hace las veces de matrona de la casona, se encuentra en un riachuelo haciendo sus faenas. Más tarde, una de sus clientes la regaña por entregar la ropa tarde y mal lavada.

Evaristo, mensajero de droguería que aspira a ser ciclista profesional, está subiendo una calle empinada para entregar paquetes. Se transforma en un escarabajo que gana la etapa y recibe la camiseta del líder, mientras un locutor (en off) narra la triste historia de su lucha por sobresalir, incluyendo el episodio del “brutal desalojo” de su vivienda.

Elizabeth, su atractiva hermana, estudiante de Secretariado Bilingüe, sueña que encuentra al fin a su príncipe azul, un ejecutivo guapo que le da empleo. Ante el desalojo, éste la consuela, la invita a su casa y le propone matrimonio.

Cuando vuelven de sus sueños, acaban divididos. Se insultan y culpan a El Perro Romero por no poder hacer nada. Cunde el derrotismo. El Perro presiona a Jacinto, decepcionado, para que adelanten el plan de éste y lo convence. Se les une Gabriela y deciden actuar por su cuenta desarrollando el plan secreto.

Jacinto hace mediciones discretamente en la casona y dibuja planos. Luego discute sobre esto con sus amigos tramoyistas en el Teatro Colón, y contacta a un personaje del bajo mundo bogotano.

A su turno, Gabriela vistiendo hermosamente de mujer avanza en una planeada “conquista” al abogado Mosquera, siguiéndolo con astucia y provocando encuentros.

En las madrugadas, se reúnen Jacinto, El Perro y Gabriela en secreto para evaluar los avances, molestando a los otros inquilinos. Hay escenas en las que los tres con mucho sigilo, mueven objetos, desarman cosas y pintan algo que observan periódicamente y les hace sonreír.

Mosquera, quien sospecha de las intenciones de los inquilinos y desconfía de la eficacia de la justicia, contrata a un calanchín del barrio para mantenerse informado. Al mismo tiempo envía a los matones del propietario a intimidar y a golpear a El Perro. Hace cortar la luz y el agua para molestarlos.

Las presiones en que están los inquilinos los hace estallar en una improvisada reunión en la habitación de Jacinto. Al entrar, todos se sorprenden del cambio del cuarto. Está cerca ya la fecha del desalojo, y sorpresivamente, el culebrero narra indignado una historia en la cual todos los habitantes de un pueblos lo abandonaron para darse cuenta, después, que habían sido unos idiotas. La fuerza del relato de Milquiades los hace sumarse al plan de Jacinto. Pero al mismo tiempo la estrategia empieza a tener tropiezos y deciden presionar para lograr un plazo mayor.

En la casa se ve a Gabriela pintando. Jacinto decide buscar un aparente arreglo amistoso con Mosquera para ganar tiempo. Ante la intransigencia de éste, llaman a Gabriela quien, a su pesar, revela que es un “travesti”, desmaquillándose en su presencia. Mosquera, humillado, cede. Los inquilinos se comprometen a devolver la casa pintada.

Al interior de la casona se van produciendo sutiles cambios en la decoración e incluso en la construcción. Todo sucede en un ambiente de conspiración. Súbitamente descubren al calanchín y lo encierran para poder seguir con el plan. Simultáneamente Mosquera, resentido por la humillación, decide romper su promesa.

Los inquilinos están prontos a concluir su plan. Se observa mucho movimiento dentro de la casona. Una madrugada aparece Gabriela perseguida y acosada en una calle solitaria.

Llega el día del desalojo y aparece el furgón de las policías acercándose en un tumulto frente a la casona. Se distinguen: el juez, el secretario, el propietario, Mosquera, la periodista y un grupo de agitadores... Al golpear, la fachada -de cartón- cede y cae. Se descubre un lote vacío, enmarcado por un muro, donde está pintada la Estrategia del Caracol. Alguien salta por la tapia para huir y grita: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada...”. Un policía hace varios disparos. En el centro del lote, amarrado a un poste, amordazado y acurrucado se encuentra el calanchín, que es el mismo hombre del inicio de la historia.

La periodista acaba su crónica. Lee el último párrafo. Mientras se sobreponen los créditos finales, aparece la noticia en primera página. Cae el periódico y están leyéndolo muertos de la risa Jacinto y los otros inquilinos en la habitación de éste.

La película combina varios tipos de música. Jacinto escucha óperas italianas, afición que desarrolló por su trabajo en el Teatro Colón. El Perro Romero oye música caribeña y antillana. Gabriela es más aficionada a los boleros y a las baladas. El tema de la película es en ritmo caribeño, desarrollado especialmente por Rubén Blades.

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